El
cabaret francés más espectacular y lujurioso era por antonomasía el
Moulin Rouge, ubicado en el barrio parisino de Montmartre. Lo que
ocurrió detrás de sus puertas fue muchas veces alimentado más por
la leyenda que por hechos verídicos. Ofrecía refugio y placer a
magnates, bohemios, artistas, bailarinas de Can Can, escritores,
periodistas y en general, a toda la fauna que deambulaba por aquellos
rumbos a fines del Siglo XIX buscando acceder a la diversión y a los
placeres prohibidos.
Christian es un escritor que busca
explicar con palabras aquel extraño sentimiento llamado amor. Para
ello se traslada a la Ciudad Luz en 1899, único lugar en el mundo
donde la vanguardia artística se fusionaba con todas las otras artes
en un cóctel embriagador, que se bebía noche tras noche en el
Moulin.
Hospedado en el hotel Blanche, conoce a
una extraña troupe de artistas tipo under que buscan armar una obra
para que el empresario artístico del Moulin Rouge los apadrine y les
busque un sponsor.
Christian tiene la creatividad que
ellos necesitan y se une a ellos como libretista. Así es como se
presenta a Satine, la más bella y radiante cortesana del lugar,
estrella absoluta y mujer de confianza de Zidler, el empresario. El
escritor y ella coinciden peligrosamente en sus emociones y
sentimientos. Peligrosamente, porque siempre que un pobre escritor y
una prostituta se enamoran, hay problemas. Más aún cuando ella
prefiere coleccionar diamantes que confiar en un hombre.
Probablemente la palabra que mejor
describa este musical, este film de Baz Luhrmann
("Romeo+Julieta") sea "sorprendente". El film
asombra desde el principo, cuando un pequeñísimo director de
orquesta, de aspecto animado, se hace cargo de la apertura con la que
la 20th Century Fox habitualmente inicia un film. Ahí está la
primera marca de una representación, luego viene el clásico telón
rojo del antiguo espectáculo teatral. Todo un indicio de lo que sigue
es sólo eso, una simulación de la realidad. No se pretende engañar
a nadie, la teatralidad es manifiesta como recurso narrativo. Sencillo
y brillante!
El efectismo es ampuloso, abigarrado,
hipnótico y constante. Toda la estética parece estar resuelta desde
una perspectiva integradora y francamente ecléctica. Pese a que no
había luces en esos años, la ciudad irradia luz y decadencia. La
mezcla de colores y estilos es intensa, magníficamente presentada. El
diseño de producción arremete contra el espectador que retroce
sorprendido. Rojos y dorados saturados. La música es apabullante, la
coreografía se pierde en un montaje electrizante y preciso.
Seguramente es el mejor musical jamás filmado.
El anacronismo entre la época y las
canciones contemporáneas demuele preconceptos sobre el género. La
canciones narran abiertamente (como en los clásicos), pero desde un
lugar distinto y aunque muchas veces causan gracia y sorprenden,
siempre exudan ingenio y marcan una dirección hacia el romance
absoluto. El objetivo de entender el amor, y rendirse ante la la
libertad, la belleza y la verdad es buscado por los bohemios con un
sentido casi ideológico. Todo es traspolado y poco es posible de
remitir a un momento histórico en particular. Una frescura narrativa
que hasta en las baladas más melosas y mediocres, se puede
aprehender. La historia no es original, en cambio, si lo es el
dispositivo que controla la estética visual y el complejo engranaje
musical del film. Nada parecido.
Los personajes están pulcramente
construidos. Desde El escritor y la peliroja Satine, pasando por un
Toulouse-Lautrec maquillado y un personaje argentino con narcolepsia,
hasta un empresario ("Topsy Turvy") implacable pero con
alma, etcétera. El film inauguró el último festival de Cannes y
acaparó las polémicas más furiosas. Sin embargo, en este caso, la técnica,
el talento y la originalidad, quedan fuera de toda discusión.