EL IMPERIALISMO
Concepto.
Práctica de dominación empleada por las
naciones o pueblos poderosos para ampliar y mantener su control o influencia sobre
naciones o pueblos más débiles; aunque algunos especialistas suelen utilizar este
término de forma más específica para referirse únicamente a la expansión económica
de los estados capitalistas, otros eruditos lo reservan para caracterizar la expansión de Europa que tuvo lugar después de 1870. Aunque las
voces imperialismo y colonialismo tienen un significado
similar y pueden aplicarse indistintamente en algunas ocasiones, conviene establecer
ciertas diferencias entre ellas. El colonialismo, por lo general, implica un control
político oficial que supone la anexión territorial y la pérdida de la soberanía del
país colonizado. El imperialismo, sin embargo, tiene un sentido más amplio que remite al
control o influencia ejercido sobre otra región, sea o no de forma oficial y directa, e
independientemente de que afecte al terreno económico o político.
Origen y Desarrollo.
El origen del imperialismo se remonta a la
antigüedad y ha adoptado distintos modelos a lo largo de la historia, siendo algunos de
ellos más frecuentes que otros dentro de un periodo histórico concreto. En el mundo
antiguo la práctica del imperialismo daba como resultado una serie de grandes imperios
que surgían cuando un pueblo, que generalmente representaba a una determinada
civilización y religión, intentaba dominar a todos los demás creando un sistema de
control unificado. El imperio de Alejandro Magno y el Imperio romano son destacados ejemplos de esta modalidad.
Por el contrario, el imperialismo europeo de
comienzos de la era moderna (1400-1750) se caracterizaba por ser una expansión colonial
en territorios de ultramar. No se trataba de un país que intentaba unificar el mundo sino
de muchas naciones que competían por establecer su control sobre el sur y sureste de Asia
y el continente americano. Los sistemas imperialistas se estructuraron de acuerdo con la
doctrina del mercantilismo: cada metrópoli procuraba
controlar el comercio de sus colonias para monopolizar los beneficios obtenidos.
A mediados del siglo
XIX apareció otra variante, el imperialismo del librecambio. Esta modalidad perduró en
este periodo pese a que el mercantilismo y la creación de imperios oficiales estaba
disminuyendo de forma significativa. El poder y la influencia de Europa, y sobre todo de
Gran Bretaña y Francia, se habían extendido de manera oficiosa, esto es, haciendo uso de
vías diplomáticas y medios económicos, en lugar de seguir canales oficiales como la
creación de colonias. Sin embargo, el imperialismo basado en el librecambio desapareció
pronto: hacia finales del siglo XIX las potencias europeas habían vuelto a practicar el
imperialismo consistente en la anexión territorial, expandiéndose en África, Asia y el
Pacífico.
Desde que terminó la II Guerra Mundial y la mayoría de los imperios reconocidos se
disolvieron, ha prevalecido lo que podríamos calificar como el moderno imperialismo
económico, donde el dominio no se manifiesta de manera oficial. Por ejemplo, Estados
Unidos ejerce un considerable control sobre determinadas naciones del Tercer Mundo debido a su poder económico y su influencia en algunas
organizaciones financieras internacionales, tales como el Banco
Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Del mismo modo, las potencias europeas han seguido interviniendo de forma significativa en
la vida política y económica de sus antiguas colonias, por lo que han sido acusadas de
practicar el neocolonialismo, que consiste en ejercer la soberanía de una nación sin que
exista un gobierno colonial oficial.
Justificaciones del imperialismo
Las razones por las cuales los estados han
aspirado a crear imperios a lo largo de la historia son de diversa índole, y podrían
clasificarse, en términos generales, dentro de tres grupos: económicas, políticas e
ideológicas. Asimismo, pueden distinguirse diversas teorías en razón del elemento al
que se dé más relevancia.
Los móviles económicos
Los intereses económicos son los más
habituales cuando se trata de explicar este fenómeno. Los defensores de esta concepción
sostienen que las naciones se ven impelidas a dominar a otras para expandir su economía,
adquirir materias primas y mano de obra, o para dar salida a los excedentes del capital y producción. La teoría más notable que vincula el
imperialismo con el capitalismo es la de Karl Marx. Lenin, por
ejemplo, consideraba que la expansión europea del siglo XIX era la consecuencia
inevitable de la necesidad de las economías capitalistas europeas de exportar su
excedente de capital. Del mismo modo, los marxistas contemporáneos explican la expansión
de Estados Unidos en el Tercer Mundo basándose en imperativos económicos.
Los móviles políticos
Otros autores hacen hincapié en los
condicionantes políticos y alegan que la razón principal por la que los estados tienden
a expandirse es el deseo de poder, prestigio, seguridad y ventajas diplomáticas con
respecto a otros estados. Según esta corriente, el objetivo del imperialismo francés del
siglo XIX era recuperar el prestigio internacional de Francia después de la humillación
que supuso la derrota en la Guerra Franco-prusiana. En
este mismo sentido, la expansión de la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas (URSS) en la Europa del Este a partir de 1945 puede
explicarse como una medida de seguridad: la necesidad de protegerse ante otra posible
invasión desde la frontera occidental.
Los móviles ideológicos
La tercera
explicación se centra en los móviles ideológicos o morales. De acuerdo con esta
perspectiva, algunos países se ven impulsados a extender su influencia para difundir sus
valores políticos, culturales o religiosos. Uno de los factores que propiciaron la
constitución de los Imperios Británico y Francés fue la idea de que era responsabilidad
del hombre blanco civilizar a los pueblos atrasados. La expansión
alemana que tuvo lugar durante el gobierno de Adolf Hitler se basaba en gran medida en la
creencia en la superioridad inherente a la cultura alemana. El deseo de Estados Unidos de
"proteger al mundo libre" y el interés de la antigua Unión Soviética por
"liberar" a los pueblos de la Europa del Este y del Tercer Mundo son también un
ejemplo de este tipo de imperialismo.
El imperialismo como respuesta a condicionantes externos
Por último,
otras teorías explican el imperialismo basándose en las circunstancias políticas de las
naciones más débiles, en lugar de enfatizar los móviles de las naciones poderosas. La
interpretación que ofrecen señala que es posible que las potencias más fuertes no
tengan intención de expandirse, pero que se ven obligadas a hacerlo debido a la
inestabilidad de otras naciones; los compromisos con los imperios del pasado son la causa
de nuevas acciones imperialistas. La colonización de casi la mitad de Africa e Indochina
por parte de Francia, la conquista de la India emprendida por Gran Bretaña y la
colonización rusa de Asia central en el siglo XIX son ejemplos clásicos de este tipo de
imperialismo.
Las Consecuencias del Imperialismo
Los efectos del imperialismo suelen girar en torno a los aspectos
económicos, dado que esta perspectiva es la que prevalece en los debates sobre sus
posibles móviles. La polémica surge entre aquéllos que creen que el imperialismo
implica explotación y es la causa del subdesarrollo y el estancamiento económico de las
naciones pobres, y los que alegan que, pese a las ventajas que proporcionó esta
situación a las naciones ricas, también las naciones pobres se beneficiaron, al menos a
largo plazo. Es difícil decantarse por una u otra concepción por dos motivos: de un
lado, no se ha llegado a un consenso sobre el sentido del término explotación; y de
otro, no es fácil separar las causas internas de la pobreza de una nación de las que son
de índole internacional. Lo que resulta evidente es que el efecto del imperialismo ha
sido desigual: unas naciones han obtenido mayores ventajas económicas que otras de su
contacto con potencias más ricas. India, Brasil y otros países en vías de desarrollo incluso han comenzado
a competir económicamente con sus antiguas metrópolis. Por ello, sería aconsejable
examinar la repercusión económica del imperialismo atendiendo a cada caso en particular.
Las consecuencias políticas y psicológicas del imperialismo son
igualmente difíciles de determinar. Este fenómeno ha demostrado ser destructivo y
creativo a la vez: ha destruido instituciones tradicionales y formas de pensar, y las ha
sustituido por las costumbres y mentalidad del mundo occidental, ya se considere esto un
beneficio o un perjuicio.