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Rafael Landívar
Este
poeta guatemalteco tuvo que cantar a su patria desde el destierro,
pero llegó a tener validez universal. Nació en 1731 en la ciudad
de Santiago de los Caballeros de Guatemala.
Estudió en la Universidad Real y Pontificia de San Carlos, en donde
se graduó de doctor en filosofía a la edad de 16 años. Se trasladó
a México en 1749 para ingresar a la orden religiosa de la Compañía
de Jesús, y se ordenó sacerdote en 1755.
Cuando regresó a Guatemala, se desempeñó con rector del colegio
San Borja, y en 1767 fue desterrado por el Rey Carlos III, junto con
todos sus compañeros de orden. Se fué a México primero, y luego a
Europa, instalándose en Bolonia, Italia.
Fue ahi donde escribió su célebre libro "Rusticatio
Mexicana" (Por los campos de México), que fue escrito en
latin, al igual que su "oración fúnebre" en la muerte
del Obispo Figueredo y Victoria, benefactor de la Compañía de Jesús.
Murió el 27 de septiembre de 1793, en Bolonia, en donde fue
sepultado en la iglesia de Santa María delle Muratelle.
En 1950 sus restos fueron encontrados y repatriados, descansando hoy
en Antigua Guatemala.
Rusticatio Mexicana
(Traducción al español)
"A la Capital de
Guatemala"
(Rafael Landivar)
Salve, mi Patria querida, mi dulce
Guatemala, salve,
delicias y amor de mi
vida, mi fuente y origen;
¡Cuánto me place,
Nutricia, volver a pensar en tus dotes,
tu cielo, tus fuentes, tus plazas, tus
templos, tus lares!
Paréceme ya distinguir el perfil de tus montes frondosos,
y tus verdes campiñas
regalo de ternos abriles.
Acuden con mucha frecuencia a mi mente los ríos
doquiera
rodantes, y umbrosas
riberas tejidas de frondas;
también entre el lujo variado suntuosas las íntimas
salas
y muchos vergeles
pintados de Idálicas rosas.
¿Y si buscoen mi mente entre el lujo dorado
brillantes
las Sedas, o tintos
vellones de playas de Tiro?
Serán para mí como pábulo eterno de amor a la
patria,
y siempre en mis penas
dulzura y consuel serán.
Mas ¡Ay! que me engaño: son burlas
que turban mi plácida mente,
y vanas quimeras que
juegan con esta alma fría.
Que aquellos torreones, cabeza señera de reino
tan noble,
ciudad antes fueran, y
ahora montones de piedras.
Ni casas, ni templos ya quedan, ni plazas que
junten al pueblo,
ni trocha que guíe a las
cumbres seguras del monte.
Ya todo se vuelca rodando entre ruina volenta,
cual si golpes de Jove con
rayos alados lo hiriese.
¿Más qué digo doliente? si ya del
supulcro resurgen excelsas
mansiones, y altivos se
yerguen los templos al cielo.
Ya inundan las fuentes al río, ya bullen las
calles de gente,
ya llega a mi pueblo
feraz y anhelada quietud:
como aquella ave Fénix, recobra la dicha con
creces el valle
al volver del mismísimo
polvo de nuevo a la vida.
Alégrate, Patria inmortal, la más
ínclita urbe del reino,
y de nueva ruina ya
libre, pervive mil años:
La fama nacida al vencer a la súbita muerte,
tu triunfo,
yo mismo y mi canto está
pronto a llevarlo a los astros.
Mi plectro entre tanto de ronco tañido, solaces
del llanto,
recibe, y que seas en cambio tú
misma mi lauro.
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