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Última actualización:
Dic 28o, 2007 - 13:33:39
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Niños: premio y castigo
Sep 12, 2004, 08:25 |
Ser padres es una tarea difícil, sobre todo, ser ejemplares en esa tarea, pues ni los niños ni los progenitores llevan un libro de instrucciones debajo del brazo.
Así pues, lo primero que debes hacer cuando el pequeño nace, es armarte con una buena dosis de paciencia, y de ahí en adelante, intentar no perder los nervios jamás. Lo más importante es que tus vástagos se sientan queridos, lo cual no quiere decir que hagan lo que quieran, como y cuando quieran debes enseñarles que las cosas no son siempre de la manera como uno lo desea.
Es indispensable que, como madre, tengas claro cuáles son las normas de casa y qué es lo que les vas a exigir para cumplirlas, y desde luego, predicar con el ejemplo, ya que tus hijos se fijan mucho más en lo que haces, que en lo que dices.
Eso sí, hay que ajustar lo que pueden hacer con lo que les exiges, de tal forma que siempre puedas pedir un poco más para animar el esfuerzo, siempre y cuando sea alcanzable.
Lo primero que debes tener claro, es que resulta más fácil crear buenos hábitos que modificar los ya adquiridos. Por eso, debes reforzar comportamientos y sentimientos positivos, pues las personas, en general, cuando obtenemos algo satisfactorio por realizar una acción, tendemos a repetirlo.
Es muy importante que los chiquillos reciban la recompensa inmediatamente después de la acción que se quiere reforzar, para así estimular el hábito. La mejor de las recompensas suele ser la atención del adulto, por ello es importante escucharles, contar con su opinión y hacerles reflexionar.
¿Y los más grandes?
Con tus hijos mayores debes hacer un auténtico contrato en el que ambas partes acudan a él con libertad y ofrezcan algo a cambio de lo que el otro quiere obtener. Esto, les enseñará nociones positivas acerca de las interacciones sociales justas y honestas. Una educación basada en el elogio, en lugar de la crítica o la prohibición, resultará mucho más efectiva, desde el punto de vista sicológico.
Lo que se pretende es que los premios se vayan sustituyendo progresivamente por gestos de aprobación y la aceptación del niño hacia sus tareas.
Podemos decir que el castigo siempre está fuera de lugar, salvo en ocasiones extremas. Si empleas como forma de escarmiento el grito o la bofetada, él dejará de hacer la mala acción pero sólo de forma temporal, y luego volverá a las andadas. Si repites el castigo una y otra vez, lo único que conseguirás es que aprenda a aguantar mejor las sanciones, y la relación padre-hijo se irá deteriorando.
Con lo anterior corres el riesgo de que tu infante utilice la agresividad física para obtener lo que quiere de los demás. Recuerda que cuanto más le castigas, más rebeldía le produces. Hay que pensar que si no entiende con palabras lo que ha hecho mal, será difícil que lo haga con golpes. Lo mejor será que busques alternativas a sus conductas negativas.
Frente a pequeñas cosas lo mejor es ignorar al niño, éste es el método más adecuado para los más pequeños de la casa. Como consecuencia de un ataque de furia de un chico no tan pequeño, lo mejor es enviarlo a su cuarto y pedirle que vuelva cuando se haya calmado para explicarle la razón del castigo. Este método se utiliza para que aprendan a controlarse a sí mismos, ya que todo se enseña y aprende con la práctica, y no hacerlo, es causarles un perjuicio.
Después de estos períodos no debes prestarle atención, pero sí reforzar cualquier signo de buena conducta. Aunque no debes ser severa, tampoco debes ceder frente a su llanto. Si ha hecho algo mal, hay que decírselo con una actitud cariñosa, pero firme.
Los padres siempre han de estar de acuerdo entre ellos acerca de las reglas que se exigen y apoyarse siempre uno al otro, de lo contrario sus descendientes empezarán a sacar ventaja de la situación y utilizarán a ambos.
Recuerda que una buena familia no es aquella que no tiene problemas, sino la que sabe solucionarlos de una forma positiva.
Viviendo en armonía
No es algo fuera de lo común discutir acerca de la mejor manera de educar a los niños, pero es preferible no pelear frente a ellos. Para un hijo, presenciar una pelea de sus progenitores puede afectarle, en especial cuando sabe que la disputa empezó por su causa. Te recomendamos mantener la calma, antes de que la discusión se te vaya de las manos.
Respeta las diferencias: por lo regular, con nuestros hijos tendemos a reproducir las técnicas utilizadas por nuestros padres para educarnos. Ten en cuenta que tu forma de abordar los problemas no es mejor o peor, sino diferente.
Apóyense mutuamente: una vez que hayas llegado a un acuerdo respecto a una forma específica de educar a los niños, respétalo y no adjudiques las reglas a tu pareja. Sobre todo, nunca cambies una regla sin consultarlo primero.
No hagas tormentas en un vaso con agua: hacer aspavientos sobre pequeños detalles como la ropa puede darle demasiada importancia a algo que no la tiene. Pregúntate ¿perjudica a mi hijo el que adopte la misma opinión que mi marido?. Si la respuesta es no, olvídate del asunto y trata de aclarar tu opinión con tu pareja.
Experimenta: si sus ideas acerca de la disciplina difieren demasiado, prueba las dos teorías en momentos diferentes, pero no se lo digas a tu hijo.
Pelea limpio: evita los ataques personales y no obligues a tu pequeño a tomar partido. No finjas que no estás enojada, tu hijo podría crecer con la idea de que el enojo es inaceptable. No involucres a otros miembros de la familia y evita a toda costa las malas palabras.
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