Mar 6, 2008, 11:14
Una terrible y lamentable pérdida de vidas humanas, volvimos a vivir los guatemaltecos al empezar este mes de marzo de 2008, cuando a la altura del km. 33.5, de la carretera que a El Salvador, en la nefasta curva conocida como el Chilero, volvió a cobrar la vida de 57 personas que iban con destino final de Jutiapa y que vieron sus vidas truncadas con la muerte en este cruel e inmisericorde territorio mal hecho para la velocidad, el peso, la inexperiencia y los vejestorios que tenemos como medios de transporte.
¿Cómo fue? Es lo primero que pensamos los que aún vivimos, al enterarnos de la infausta noticia, a través de los medios amarillistas que vendieron de inmediato y por avances noticiosos, el sensacionalismo de una pérdida irreparable para muchas de las familias de sus seres queridos y que nadie supo y que nadie vio, pero lo cierto es que sucedió y seguirá sucediendo, al estar con la inconciencia de lo que se transporta no es cualquier carga, sino la preciada vida de todos los que ponemos nuestra confianza en este tipo de transporte.
Lo más lamentable, es que no se puede seguir de la misma forma, con el estúpido método de prueba y error, pues los que pagan con sus vidas cualquier mal manejo en este tipo de territorios, somos los guatemaltecos que necesitamos un método eficiente no solo para transportarnos, sino para poderlo hacer en vías inteligentes que tengan como objetivo llevar y traer con bien a todos los usuarios de cualquier medio de transporte. Este tipo de lamentables situaciones, no es más que tener semejantes testigos y monumentos a la necedad y al abuso de los mismos semejantes que no solo van en búsqueda de la subsistencia con el martirio de creer en una Guatemala mejor, sino también llevan sobre sus hombros las herramientas de la precariedad de querer sobrevivir, hasta que llegan este tipo de acciones que solo nos traen mucho dolor y tristeza.
¿Cómo ocurrió? Ya no importa y lo que importa dejó de importar, pues lo más grande que era la vida, dejó de ser y no se puede recuperar, el luto sembrado por una mediocridad del territorio mismo, es una necedad que se tiene que arreglar, al igual que la situación de todas las viudas, huérfanos y desamparados.
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