El suceso de Tumaco: Retroceden las olas del mar ante la Hostia consagrada

El siguiente suceso tuvo lugar el 31 de enero de 1906, en el pueblo de Tumaco, Colombia, situado en una pequeñísima isla, bañada por el océano Pacífico. Hallábase allí de cura misionero, el padre fray Gerardo Larrondo de San José.

Fecha de publicación: 30 Ago, 2006 - 15:55:00
Última actualización: 30 Ago, 2006 - 20:58:57



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El suceso de Tumaco: Retroceden las olas del mar ante la Hostia consagrada

El siguiente suceso tuvo lugar el 31 de enero de 1906, en el pueblo de Tumaco, Colombia, situado en una pequeñísima isla, bañada por el océano Pacífico. Hallábase allí de cura misionero, el padre fray Gerardo Larrondo de San José.


El siguiente suceso tuvo lugar el 31 de enero de 1906, en el pueblo de Tumaco, Colombia, situado en una pequeñísima isla, bañada por el océano Pacífico. Hallábase allí de cura misionero, el padre fray Gerardo Larrondo de San José, teniendo como auxiliar al padre fray Julián Moreno de San Nicolás de Tolentino, ambos recoletos.

Eran casi las diez de la mañana, cuando comenzó a sentirse un espantoso temblor de tierra, siendo éste de tanta duración que, según cree el padre Larrondo, no debió bajar de diez minutos. El pánico se apoderó de aquel pueblo, y todo el mundo se agolpó en la iglesia y alrededores, llorando y suplicando a los padres que organizasen inmediatamente una procesión y fueran conducidas las imágenes, que en un momento fueron colocadas por la gente en sus respectivas andas.

A los padres le pareció más prudente animar y consolar a sus feligreses, asegurándoles que no había motivo para la reacción de espanto que se había apoderado de todos.

En ese momento se advirtió que, como efecto de aquella continua conmoción de la tierra, la marea del mar se alejó de la playa, provocando un sunami. Había de convertirse en formidable ola, dejando probablemente sepultado bajo ella el pueblo de Tumaco.

Aterrado entonces el padre Larrondo, se lanzó precipitadamente hacia la iglesia, y, llegándose al altar, consumió a toda prisa las Formas del sagrado copón, reservándose solamente la Hostia grande. Acto seguido, llevó el copón en una mano y en otra a Jesucristo Sacramentado, y exclamó: “Vamos hijos míos, vamos todos hacia la playa y que Dios se apiade de nosotros. Como electrizados a la presencia de Jesús, y ante la imponente actitud de su ministro, marcharon todos llorando y clamando a Su Divina Majestad, tuviera misericordia de ellos.

El cuadro debió ser ciertamente de lo más tierno y conmovedor que puede pensarse, por ser Tumaco una población de muchos miles de habitantes, todos los cuales se hallaban allí, con todo el terror de una muerte trágica grabado ya de antemano en sus facciones.

Acompañaban también al divino Salvador las imágenes de la iglesia traídas a hombros, sin que los padres lo hubieran dispuesto, sólo por irresistible impulso de la fe y la confianza de aquel pueblo fervorosarnente cristiano.

Poco tiempo había pasado, cuando ya el padre Larrondo se hallaba en la playa, y aquella montaña formada por las aguas comenzaba a moverse hacia el continente, y las aguas avanzaban como impetuoso aluvión, sin que poder alguno de la tierra fuera capaz de contrarrestar aquella arrolladora ola, que en un instante amenazaba destruir el pueblo de Tumaco.

El fervoroso recoleto  no se intimidó; antes bien, descendió intrépido a la arena y, colocándose dentro de la jurisdicción ordinaria de las aguas, en el instante mismo en que la ola estaba ya llegando y crecía hasta el último límite el terror y la ansiedad de la muchedumbre, levantó con mano firme y con el corazón lleno de fe la Sagrada hostia a la vista de todos, y trazó con ella en el espacio la señal de la Cruz.

La ola avanzó un paso más y, sin tocar el sagrado copón que permanecía elevado, tocó al ministro de Jesucristo, alcanzándolo agua solamente hasta la cintura.

A las lágrimas de terror sucediéronse las lágrimas del más íntimo alborozo; a los gritos de angustia y desaliento siguieron los gritos de agradecimiento y de alabanza, y por todas partes y de todos los pechos brotaban vivas a Jesús Sacramentado.

El suceso de Tumaco tuvo grandísima resonancia en el mundo, y de varias naciones de Europa escribieron al padre Larrondo, suplicándole una relación de lo acontecido.     

Texto de P. Pedro Corro, en "Agustinos amantes de la Sagrada Eucaristía".



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