Cabrera 72
A primera vista, no deja de desconcertar la presentación que, en la Galería Equis recientemente abierta por Quiroa y Anleu Díaz, hace Roberto Cabrera desde el viernes pasado.CABRERA 72
Por Edith Recourat
A primera vista, no deja de desconcertar la presentación que, en la Galería Equis recientemente abierta por Quiroa y Anleu Díaz, hace Roberto Cabrera desde el viernes pasado. Acostumbrados como lo eramos a las ricas texturas y al impacto visual de suntuosos juegos cromáticos; acostumbrados también a la perfección de un dibujo muy personal, muy incisivo, aunque relegado poco a poco al segundo plano debido a aquellas exigencias texturales y cromáticas, nos enfrentábamos desde hace dos años con una obra sumamente seductora pero de efecto anestésico que ocultaba mal su disminuyente validez. Los manifiestos decían una cosa, la obra hablaba de otra.
Existía sin duda un hilo conductor, un signo revelador de la evolución interior del artista pero con características ambivalentes de refinamiento y de premura, de sensualismo y desdén que no señalaban rumbos hacia una expresión bien madurada o bien definida.
Cabrera nos sorprende hoy con una triple propuesta, sin contar las manifestaciones aisladas de tipo “pop” como el refrigerador o los anaqueles.
En la primera serie, predominan el óleo y las texturas en relieve, casi en “trompe l’oeil”: un personaje proletario femenino encarcelado seguido de otro, busto y rostro aparentemente cincelados en oro, recortado y parcialmente desprendido de un fondo rojo, ya degradado por la iconoclastía del protestista anónimo. Aquí existe ya un planteamiento nuevo.
Los antiguos signos precolombinos, glifos, duendes, nahuales de seres y animales en perpétuo tránsito dentro y fuera de la tierra, han sido sustituidos hace tiempo por signos orgánicos vivos más contemporáneos, tal el cordón umbilical-cadena que une un signo ambiental con un minúsculo niño. Desde la gran fulgencia de sus apocalipsis míticas, Roberto ha recorrido dos caminos paralelos: el de la indagación intelectual en el pasado renacensista europeo y el de la modernización, de la actualización de su vocabulario anecdótico y técnico al introducir dimensiones espaciales distintas y materiales como la lámina recortada que, sin embargo, no lo hacen perder nunca sus conexiones íntimas con el mundo interior que condiciona su obra.
Si bien no ha desaparecido - ni debe desaparecer- el dualismo subjetivo que lo caracterizó siempre, dualismo de estallidos comprimidos, de temas afectivos encapsulados, de intimidades profanadas, aquel perpetuo malaxar de tinta venosa con la sangre vegetal de algas y resinas, es notable hoy la separación entre el trasfondo personal hasta ahora omnipresente y la objetivación de los temas y de los problemas.
En las pinturas siguientes, de un realismo deliberadamente crudo, los primeros planos formados por paneles de pies de cama, tallados y barrocos, contrastan con el personaje acostado detrás, parturientas, enfermas, humanidades femeninas deformadas, antiestéticas, cuyo peso material y mental queda definido por su solo aspecto y por su relación con los elementos circundantes mucho más que por un análisis psicológico gráfico. La aparición de un personaje masculino añade al cuadro de la destreza física el de la penuria económica: billetes de banco caducos o la simple cancelación de una cruz de contabilidad corriente. Hasta aquí el factor más interesante es constituido por esta secuencia de desprendimientos graduales del artista de lo que representaba su “ego” estético. No su credo, desde luego, puesto que acabamos de notar el conflicto anterior entre ambos cuando la seductora fórmula de las riquezas texturales y cromáticas, cada vez más acentuadas, habían transportado el acento tonal de la obra hacia un estetismo de más en más epidérmico al mismo tiempo que proseguía la exploración en una zona de conciencia cada vez más profunda.
Como para recapacitar sobre este fenómeno de despojamiento sin el cual todo artista se vulnera a si mismo, se condena al estancamiento, Cabrera nos enfrenta con aquellas propuestas de tipo “pop” que yo hubiera dejado para el final de este comentario a no ser por la importancia psicológica y estratégica que presentan. Son para mí, el “ser o no ser”, entre el ego que no quiere renunciar a la magia del símbolo y el credo, la creencia en la prioridad absoluta del sustento elementalmente escrito. Un esfuerzo valiente para tirarse a lo experimental pero en una forma que no tiene el sabor del verdadero Cabrera. Una especie de compromiso entre un realismo demasiado bien organizado para poder formar parte de una expresión popular espontánea o de una corriente universal original. El reloj, el juego, son tratados como elementos de la vieja escuela flamenca y recuerdan más a Memling que a Warhol. Muy bien presentados, con su dejo de pop, de surrealismo y de reminiscencias más europeas que americanas, su significado no trasciende el plan puramente visual y no son representativos, para mí, ni de la manera, ni de la personalidad ni del hondo sentir del artista.
En cambio, la serie siguiente, la de los dibujos y papeles recortados, sí constituye una definición, si propone un tema totalmente integrado y demuestra tener una identidad propia, una cohesión interna que tiene el valor de un signo auténtico. El contrapunto, el antagonismo de más en más pronunciado, de más en más visible entre la indiferencia de los elementos económicamente pudientes de la sociedad y la realidad en la cual se debaten las masas, la famosa “colectividad” que ni colecta, ni recolecta ni amasa nada, se han transformado en un tema demasiado actual, demasiado universal y vibrante para ser ignorado. Al definirlo con medios tan sencillos, tan escuetos (como los utilizados por Uviedo en su exposición de Poemas Concretos) pero con la maestría de un pintor totalmente dueño de sus medios de expresión, de sus experiencias matéricas, de una técnica global, Cabrera les confiere una calidad menos poética que la de Uviedo pero más explícita y mejor determinada. Apoyado en los mensajes de la prensa escrita, Cabrera delínea y denuncia duramente la miseria. Sus diez o doce dibujos post-dadaístas logran una definición bastante rigurosa de un medio, en ambos sentidos de la palabra.
La última serie de pequeños óleos como “granizados” que ofrecen una superficie serena, tranquila, desde un área individualizada por el montaje de marcos achaflanados, hablan de otros ambientes. Así como la silla empapelada y apuñalada habla de entierro, esta serie inocente habla de vida secreta y dulce. Con nostalgia, con temperatura baja en los parámetros de la comunicación obligatoria, muestra una confianza sencilla en un ciclo vital gestado bajo la petrificación invernal para ser vertido luego en la cálida corriente de la vida.
Hace tres años que no hablo con Cabrera y no he visto todas sus exposiciones pero esta muestra me parece henchida de un espíritu de renovación. Al desprenderse de un lenguaje plástico excesivamente rico y seductor, creo que Cabrera se ha integrado a una corriente mucho más significativa del arte y de la comunicación contemporáneos.
El Imparcial, 24 de Marzo de 1972.
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