JUANNIO 1971
Por Edith Recourat
Brillante y concurrido resultó el Certamen-subasta del Club Americano, el popular “Juannio” de este año.
Sin verdadera galería en Guatemala últimamente, tenía que aumentar la expectación de público, artistas y coleccionistas reducidos a esta única confrontación anual, a la que fue invitada este año la directora de la galería Forma, de San Salvador, señora Julia Díaz, como miembro del jurado. Además, los organizadores del certamen, y en particular Paco Reyes Pérez y sus colaboradores lograron una notable mejoría en la presentación de las obras al alinear y aumentar las superficies de exhibición del local.
Desde las seis de la tarde, empezó a crearse aquel ambiente tan peculiar debido a la llegada de personas conocidas, esperadas con emoción, satisfacción y alivio por el aficionado. Apego al rito, sabor anticipado de la competencia que se acerca, en una palabra, expectación por una manifestación que ha cobrado ya perfiles tradicionales para el coleccionista de dentro y fuera del país.
Como buen presagio apareció Mariflor de Solís en un estuche de jersey negro y rojo completado por los triples anillos de un pendentivo áureo: obra plástica móvil y sonriente de pies a cabeza, hacia juego con las demás. Entre embajadores y banqueros llegó Joyce Vourvoulias, en encaje naranja mexicano, pistilo de aquellas flores de madera recortada y articulada, negras y blancas, que ella presentó como “Juguetes”. Obtuvieron una mención honorífica muy merecida y fueron adquiridas más tarde por John Gody. Porque Gody, que había salido para México el domingo, aterrizó el jueves a las 5 de la tarde en Guatemala, para la subasta de Juannio. Esto es lo que se llama afición.
En realidad, para el verdadero aficionado, las colecciones no acaban nunca. Viven con nosotros. Desde el Cousin Pons balzaciano a Ambroise Vollard o Kahnweiler, el tipo del auténtico coleccionista no varía. No se trata de almacenar piezas para llenar paredes o vitrinas sino de hacerse acompañar en la vida por obras creadas con una cierta fe, para un cierto fin, como, por ejemplo, nosotros mismos. Obras que nos es dado descubrir y amar y, si se compran, no debe ser como mercadería, ni aún buena inversión, sino porque no existe otro medio de convivir con algo significativo y único en su género cuyo verdadero precio, cuya alquimia particular va mucho más allá del vulgar trueque para combinarse con nuestra personalidad, con nuestra sensibilidad, o bien con cierta imagen del mundo circundante que nos es dado cultivar. Las colecciones viven del amor, bien o mal concebido, de sus dueños y de los cuidados que les prodigan.
Otra innovación capital de este año: el esperado premio experimental indispensable hoy en cualquier certamen que se respeta. Permitió a Jamie Bischof presentar una pared “Tres en Uno”, de plywood negro, telón de fondo para una arabesca blanca realizada en el estilo abstracto-expresionista que es el “trade-mark” de esta joven artista. Como el A. B. C. de un alfabeto plástico, o las primeras notas de un solfeo del espacio, Jamie había dispuesto recortes de papel, de tamaño reducido, a un lado de su pared-tríptico: plano, ángulo, volumen suelto, animados por un ritmo visual, base de la creación tridimensional pura que anima “El Gucumatz en Persona” que Luis Díaz presentará próximamente a la Bienal de Sao Paulo.
Tanto por su inspiración en figuras geométricas como por su afán de recrear una relación olvidada entre espacio, tierra y hombre, estas formas liberan la imaginación hacia campos y direcciones nuevas. Verticales u horizontales, llenas o caladas, pulidas o rústicas, parecen fruto de una estirpe instantánea, mezcla de arena solar tibia, de arena lunar computarizada.
Murmullos, saludos, zumbidos de conversaciones, flashazos de los fotógrafos, llenóse poco a poco el salón. Don Ángel Mérida ocupó gravemente su mesa, Eunice Lima hizo su aparición y, con una mirada aterciopelada, desató la primera salva de aplausos. Encabezadas por el embajador de Venezuela, patrocinador del Juannio 71, las personalidades subieron al escenario donde, en su mejor y más fluido estilo, Eunice nos entregó las llaves de la escena. Y cuando Chichicuda, perdón, el distinguido, insustituible, apuesto y persuasivo doctor Ricardo López Urzúa ocupó su puesto detrás del micrófono, supimos por fin que estaban reunidos y en orden todos los elementos que concurren y aumentan cada año el éxito del Juannio.
Pasando a los resultados, el primer premio de pintura fue otorgado a Elmar Rojas por su “Casamiento”, sinfonía en gris de mujeres veladas y coronadas que cruzan por el lienzo y se van sin voltear el rostro. Es un admirable trozo de pintura y de nostalgia, cortado en la pasta de la actualidad, en el que Elmar ha renunciado a todo efecto secundario para recalcar la esencia trágica de la escena. Este panel y el Crucificado, ambos adquiridos por Gody, son de la mejor vena de Elmar.
El segundo premio “Blanco Móvil I”, de Luis Díaz, lámina recortada sobre fondo de óxico, ofrecía un interesante contrapunto de textura y color, más logrado todavía en el “Blanco Móvil II”, muy sintético y espacial. Lo mejor de Díaz fueron sus grabados “Sideral I y II”, premiados también, frutos de experimentos llevados a cabo en un período de intensa meditación y búsqueda y cuya perfección conceptual y nítida realización son difícilmente superables. Fueron adquiridos, los primeros por la señora Estrada de la Hoz, los segundos por Edna de Orive.
Desde luego, el gran favorito del Juannio sigue siendo Efraín Recinos. Sus dos pinturas, “Observatura Festiva” y “El Puente de los Esclavos” y sus maravillosos dibujos, “Tikal” y San Antonio Palopó”, reunidos en díptico, alcanzaron entre los tres casi la quinta parte del total de la subasta.
La complejidad de figuras y símbolos, los desvanecimientos formales y cromáticos, la riqueza de la composición y del mundo subyacente que aflora entre las mil porosidades de la textura no permiten abarcarlo todo a simple vista. De las pinturas, podemos decir que los temas y las figuras, típicamente recinescos, de la Obertura bañaban en una tonalidad encarminada muy lograda, muy armoniosa y poco usual en Efraín. Fue adquirida, tras reñida competencia, por la señora Abigail de Castillo.
Más incisivo y frío, el Puente de los Esclavos, con dominantes grises y azules, se llevó el tercer premio y pasó a manos de John Gody. En cuanto al Díptico, dos crayones horizontales, el primero en tonos calientes, rojos, marrones y amarillos, el segundo en intenso azul acuático, tenían resumidas las cualidades más seductoras del pintor en cuanto a dibujo, composición y colorido. Fue adquirido por el señor Roberto Fernández, a quien felicitamos sin conocerle.
Tras prolongado eclipse en los Estados Unidos, volvió uno de los artistas jóvenes más prometedores de Guatemala: Alfredo Guzmán Schwartz, justo para llevarse el premio de acuarela con un paisaje de muy buena factura.
Además de los coleccionistas conocidos como los Vourvoulias, Mario Mory, los Estrada de la Hoz, el doctor Solís y su esposa, Hans Rogozinski, que adquirió el Tríptico de Jamie Bishof, Mario Alvarado Rubio, el doctor J. J. Hurtado y muchos más que, año va, año viene, se dan cita en el Juannio, notamos nuevos compradores: el señor Pazmino, director del Banco de América, que se quedó con la Madona de Nan Cuz y un buen Ebersole, entre otras obras: el señor Roberts, del Banco de Londres, que se arrojó animosamente al ruedo, el señor Escobar Armas, presidente de la Junta Directiva del Juannio, que adquirió la única pintura de Tún presentada en el certamen.
Como siempre, Valentín Abascal, Jacinto Guás, Santiago Velasco, el acuarelista de Antigua Zimmerman, Juan de Dios González, Rafael Mora y muchos otros atrajeron nutridas ofertas por parte de un grupo fiel y cohesivo encabezado por los señores Salguero, Johnson, Rivera, Ramírez, y don Ángel Mérida, que no pierde oportunidad de enriquecer su vasta colección. Con muy buen ojo y suerte, Federico Fahsen se quedó con una suntuosa litografía de Rodolfo Mishaan, el famoso “Quetzal Herido”.
En el ramo de la escultura, confesaremos cierta decepción. Aparte de Roberto González Goyri y de Dagobrto Vásquez, se notó poca calidad. Y de una manera general, ningún espíritu de creación. La ética intelectual me obliga a declarar que la obra más interesante era la de Ramírez Amaya, la que pese a los esfuerzos de los organizadores, no pudo ser colgada en un punto despejado de la sala. Con los de Jamie y de Joyce, era la única creación en tres dimensiones afín a la época, a las corrientes y ondas vivas con las cuales toda manifestación de carácter artístico debe permitirnos identificarnos y elegir rumbos nuevos.
Esperamos volver a ver más participación centroamericana el año entrante, tanto para beneficio del público como de los artistas del Istmo, quienes, a más de participar en una obra benéfica a favor de niños desamparados, tienen así la oportunidad de darse a conocer en una escala sin precedente en el mundo del arte centroamericano.
El Imparcial 3 de Junio de 1971.