Fiesta de la Amistad y del Recuerdo

Cordialisíma, y hasta cierto punto conmovedora resultó la reunión del lunes en el I.G.A. alrededor de los retratos de Dicky Mata.

Fecha de publicación: 03 Dic, 2008 - 19:41:29
Última actualización: 13 Jun, 2014 - 22:54:21



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Fiesta de la Amistad y del Recuerdo

Cordialisíma, y hasta cierto punto conmovedora resultó la reunión del lunes en el I.G.A. alrededor de los retratos de Dicky Mata.


Por Edith Recourat

Cordialisíma, y hasta cierto punto conmovedora resultó la reunión del lunes en el I.G.A. alrededor de los retratos de Dicky Mata.

Convergían hacia nosotros, las corrientes mezcladas del presente y del pasado y, ante las miradas de vivos y muertos, todos conocidos y muchos amigos, nos sentíamos a la vez solicitados y nostálgicos.

Asociados a sus ambientes y a sus obras, cincuenta y cuatro artistas habían posado para Mata, cada uno encerrado en su individualismo propio, reducido a su apariencia, rivalizando con sí mismo, con la imagen que iba a surgir no de su actividad sino de su inmovilidad y entrega.  Cada uno ausente y totalmente presente.  Y así, a través de la imagen, surgió el milagro del reconocimiento y del cariño mutuo.

El comentario de Roberto Cabrera cubre la parte técnica de la presentación.  A mí, amante frustrada de la fotografía, me conmovieron varios retratos por distintos motivos.

El de Curruchice, asomado a su ventana de adobe con la maceta de pinceles y aquella sonrisa confiada y bondadosa del hombre de campo satisfecho de su cosecha.  Don Andrés, con todo y Orden del Quetzal, nunca supo que era lo que le confería valor a sus pinturas y me confió una vez, en su Comalapa natal, que “ya no trabajaba la tierra para no arruinarse la mano”.  Hombre de respeto, había sustituído su amor al campo por la lealtad al impreso calendárico y si su mano era más segura, su ojo ya no se remozaba en la fuentes puras de la naturaleza.  Pero le seguía animando el mismo amor y la misma confianza, aunque ligeramente descentrada por la irregularidad de las demandas, hacia los paisajes y escenas familiares de su pueblo.

A través de su retrato, he deseado súbitamente conocer más de cerca a Juan de Dios González.  La composición de Mata resume y expone unas relaciones tan tiernas entre maestro, niños-alumnos y obras que equivalen a una filosofía completa. La expresión del primero, la atención expresada por las poses espontáneas de los segundos y la escala ascendente de los pajaritos imprimen en la retina la forma gráfica de un “haikai” oriental.  El sabio, la naturaleza, la juventud, trilogía intemporal que lo contiene todo.

Bajo su paraguas protector, Zipacná de León parece destacarse sobre el fondo del mercado de las flores de la Madelaine en París.  Hace mucho que yo predije que Sergio sería, en Guatemala, el Peré Vollard de las artes plásticas.  Tercera generación de artistas nacionales, Zipacná une a la disposición del coleccionista el don del trueque superlativo.  En lo físico, disimulados bajo la prodigalidad de su sistema piloso, sus veinticinco años tienen la madurez del conocedor nato.

He comentado recientemente la posición existencial de Margot Fanjul.  En el dualismo manifiesto de sus actitudes y de su retrato, ella, más que ninguno, pone una doble intención: lo que es, lo que propone.  En este kaleidoscopio de personalidades, las circunstancias particulares de Margot Fanjul le permiten apurar el camino de las transformaciones por el exceso mismo que las caracterizan.  Trascendió su primera era de mujer bonita, mimada, talentosa, caprichosa.  Buscó en lo que hoy se califica de masoquismo-consciente la erradicación de sus privilegios en pos de revelaciones superiores.  Y si cierra el ciclo, la veremos elaborar un día una síntesis de lo sufrido, de lo vivido, en aquella inevitable reencarnación intelectual, quizá espiritual, de los fines.  Nosotros, últimos representantes de las viejas razas, sabemos que la belleza válida no es la de la cirugía plástica sino la que ha pasado por la profanación y la exploración de invisibles fondos.  La que rechaza deliberadamente el valor de las apariencias. Hasta donde llegan la sinceridad y la eficacia de cada cual, el tiempo, sólo, lo dirá.

Ramón Avila, sin pintura ni título a cuestas, reintegra la jovialidad característica de su personaje real.  Con la mirada humorística, el bigote pantagruélico, la discreta panza de la prosperidad, Ramonciño es el vivo retrato del “bon vivant”.  Excelente publicista y hábil dibujante, ha tenido sus aciertos en el campo artístico pero nunca en el plan de la creación.  Lo que revela su excelente retrato, es el Ramón simpático, dicharachero, vivaz, nuestro amigo.

Entre los mejores retratos de Dicky Mata, se destacan los de Ixquiac Xicará y de Ramírez Amaya.  Captado “a lo vivo”, Ixquiac queda inmortalizado en una pose típica, rebosante de veracidad.  Veracidad de la postura, del atuendo, de la concentración, del gesto y hasta del caite con suela de llanta que tuerce el pie ligeramente por dentro en la postura de los niños absorbidos por su tarea.  Todo Ixquiac queda captado en esta soberbia instantánea. 

Toda la verdad de Arnoldo queda de igual manera sorprendida, o mejor dicho cernida en la precisión de líneas de su rostro.  La línea del párpado, trazada como en tinta china, debía determinar por sí sola una vocación artística.  Objeto y sujeto, coopera con el fotógrafo para entregarle su esencia psicofísica.  Su retrato tiene la calidad de un buril y hasta el azar prestó su colaboración transformando en graffitis las rayas estampadas de su camisa.

Con estos pocos ejemplos – Manuel González perfilado sobre un Magritt desurrealizado - se da uno cuenta de la labor creativa de Mata que incluye personalidades ya desaparecidas como Tejeda, Garavito, Curruchiche.

Es una lástima que no haya alcanzado también a Martínez, a Ossaye, a Alzamora y otros tantos cuya fisonomía quedará definida a través de su obra.  Entiendo que esta colección de retratos debe ser donada al museo de Arte e Historia.

Por de pronto damos las gracias a Dicky Mata por habernos reunido, tres generaciones de maestros y amigos bajo el signo de la amistad y del recuerdo, lejos del clima de rencor y de intrigas que reina entre los explotadores del arte y sus comentaristas postizos.  Sin haberlo previsto, la reunión del lunes fue una oportunidad única para que comprobemos todos cuántos lazos han creado entre nosotros la lucha y la defensa de un ideal común.

El Imparcial, 11 de Agosto de 1973.




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