Nuevo Dualismo en la Obra de Cabrera: el Sueño

En uno de mis primeros comentarios sobre Roberto Cabrera, yo hablaba del dualismo fundamental de su obra, reflejo de la etnia particular a la América Latina donde “la memoria brota biológicamente del hombre y del suelo, el presente es un parto y el porvenir surge, no de una evolución pero sí, de un doloroso acoplamiento entre mito y realidad, entre el afán de perderse y el afán de hallarse, entre la opresión y la evasión.

Fecha de publicación: 07 Nov, 2008 - 18:58:18
Última actualización: 09 Jun, 2014 - 12:43:57



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Nuevo Dualismo en la Obra de Cabrera: el Sueño

En uno de mis primeros comentarios sobre Roberto Cabrera, yo hablaba del dualismo fundamental de su obra, reflejo de la etnia particular a la América Latina donde “la memoria brota biológicamente del hombre y del suelo, el presente es un parto y el porvenir surge, no de una evolución pero sí, de un doloroso acoplamiento entre mito y realidad, entre el afán de perderse y el afán de hallarse, entre la opresión y la evasión.


NUEVO DUALISMO EN LA OBRA DE CABRERA: EL SUEÑO

Por Edith Recourat

 

En uno de mis primeros comentarios sobre Roberto Cabrera, yo hablaba del dualismo fundamental de su obra, reflejo de la etnia particular a la América Latina donde “la memoria brota biológicamente del hombre y del suelo, el presente es un parto y el porvenir surge, no de una evolución pero sí, de un doloroso acoplamiento entre mito y realidad, entre el afán de perderse y el afán de hallarse, entre la opresión y la evasión.  Las raíces del subconsciente, las raíces sangrientas del atavismo, pugnan por brotar, purificarse, florecer.  El dualismo es ley”.  Con el tiempo y la depuración de conceptos que lo acompaña, se ha ensanchado el horizonte del artista y lo ha llevado hacia una concientización de su postura, primero como miembro de una determinada comunidad y luego como ser sujetado a una evolución y a un destino colectivos.  A la edad del grito ha sucedido la de la meditación.

 

Confrontando con los mecanismos culturales de otros pueblos y de otras épocas, desarticulando procesos, hurgando en la esencia de la interpretación y de la representación, Cabrera ha manifestado recientemente dos tendencias: sustituir una vista panorámica al conocimiento empírico de obras guatemaltecas dispersas, como en sus retrospectivas de las miniaturas y de los primitivos, y sintetizar los resultados de sus experiencias en el plano personal.

 

Desde su regreso de Francia, en su taller y en la exposición de la galería Equis, esta síntesis de conocimientos y de sus correspondientes expresiones estilísticas ha tomado un ritmo de péndulo, alejándose de su centro de gravedad para reactualizar visiones renacentistas y, al mismo tiempo, para universalizar situaciones hermanas que tienen el mismo valor hoy que ayer, allá que acá.  Su dualismo inicial se ha vuelto analítico.

 

Investigando el presente, Cabrera se autocatapulta en el pasado de donde enfoca objetivamente situaciones incambiadas.  Investigando el pasado, mediante procesos estilísticos o miméticos o puramente plásticos, lo transforma en anécdota contemporánea, ayudado a veces por una seña clave, palabra, frase, título, que mantiene atado el personaje a la realidad cotidiana.  Así aparece una Mona Lisa con Chanel 5 o un pintor contemporáneo con mitra y báculo.  En un enorme esfuerzo de síntesis gráfica, la vestidura, efímera del personaje, sus señas individuales de identidad, emprestan estilos plásticos asociados hasta ahora con determinada época o espíritu generacional.  Desmitificándolas, despojándolas de su traperío superficial y reduciéndolas a su más común denominador, el testimonio gráfico.  Cabrera les restituye su pleno sentido social y psicológico.  Su plena actualidad.  Podría decirse que el dualismo se ha desdoblado y que, al transformarse en instrumento de percepción y de reintegración, ha dado a la obra una nueva unidad.

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En la monumental exposición que se inauguró hace poco en la calle Montufar, Cabrera utiliza el tema del sueño como medio de transición entre la realidad vivida y el mundo reprimido e inconsciente situado más allá de la vigilia.  De esta manera sutil, vuelve a las raíces del subconsciente e injerta sobre el movimiento pendular de su investigación un dualismo vertical situado a dos niveles distintos de la conciencia.  

Valiéndose de algunos recursos del lenguaje surrealista y del pop norteamericano, el artista ha tomado moldes de seres reales en distintas posturas, un precioso y tibio cuerpo de mujer bañándose, el de un hombre macheteado ya invadido por el rigor mortis, así como máscaras alegóricas del sueño que constituyen el leit-motiv de la obra “pintada”.  Al verse proyectado como objeto y sujeto, envase y contenido, el espectador toma conciencia de su propia dualidad fuera de circunstancias históricas y de accidentes étnicos.  

La obra “esculpida” en tres dimensiones está seleccionada para ilustrar las etapas de la evolución cabreriana, ambicioso microcosmo rigurosamente controlado.  Nos lleva del feto triturado al fantástico animal mítico de metal recortado. De la máscara empenachada del conquistador a la jaula delinesca del encierro, de la cama donde se sueña al lecho del último descanso.  Mediante superposiciones de hechos imaginados y reales, mediante discretos indicios – flash-backs, retrovisores - confundidos con objetos caseros convertidos en “trampas” al traspasar la línea que separa realidad y sueño, Cabrera utiliza un vocabulario simbólico que resume sus conceptos. Estampas y cromos románticos e instrumentos de música evocan el pasado.  Aparatos de seguridad, candados, gavetas, llaves, invocan una imposible protección mientras el gesto sorprendido se congela en el yeso, se petrifica en una instantánea concreta que ata recuerdos e ideas, impresiones y deseos, pasado y presente en una dialéctica sin fin.  A través de la sujeción involuntaria de la mente, Cabrera nos deja suspendidos entre dos tiempos.  El durmiente pertenece y escapa a su mundo.  Y pese a la riqueza de recursos imaginativos del artista, nos enfrentamos con secuencias lógicas aunque siempre marcadas por este contrapunto que constituye su sello personal.  Su dimensión filosófica propia.

Pasando de la sección de pintura-escultura a la del dibujo, hallamos otro mundo de referencias soberbiamente ilustrado: un Adán y Eva del Cinquecento enmarcan la estela “pop” del fotógrafo ambulante.  Traspazado por las agujas de los embrujos y atado a su propio personaje por los lazos dorados de la superstición, el Señor Maximón recibe el homenaje simbólico del indígena: velas y flores. Objetos de culto prestos a huir o a ser sustituidos por los ejercicios respiratorios de la gimnasta técnica.  

El embrujo se nos antoja una solución porque, en el mundo cabreriano como unas veces en el real, nadie despierta.  Los espejos no reflejan, los candados se cierran sobre sí mismos, la jaula se abre de balde, los durmientes no comunican.  En sus marcos bien medidos, en sus estuches cerrados, todos duermen, aún la bella bañista roja.  Todo es accesible e inaccesible a la vez.  A más de la atadura existencial característica del hecho de vivir, nos apasionan los múltiples símbolos de cancelamiento que el hombre se inventa: rayas, números antropométricos, cruces, disfraces, heridas y letreros cotidianos que rigen nuestros movimientos del lecho de la parturienta al ataúd final.  De la vela propiciatoria a la palmatoria del último rezo.  A través del sueño, Cabrera retroactiva momentos individuales en un marco ontológico desgranado por la historia.  

Con qué ciencia del color – estridentes rojos, anaranjados solares, verdes y oros otoñales - con qué fertilidad de imaginación, con qué pasión por la forma se expresa Roberto Cabrera, lo saben todos aquellos que han seguido la evolución de este gran artista tan genuinamente guatemalteco.  La calidad de sus dibujos le garantiza un lugar preponderante en el ámbito americano, cuyas características psico-somáticas quedan burilados en el papel.  Los óleos, grandes y chicos, poseen esta riqueza, esta densidad cromática y textural de los objetos de culto y las esculturas, enmarcadas o aisladas, entintadas de rojo muleta o austeramente negras, como el traje colonial, marcan una fecha, una etapa del renacimiento actual.  Fuera de toda intención en cuanto a ilustración de tema, Roberto Cabrera sigue en la vanguardia del arte contemporáneo.

El Imparcial, 21 de Noviembre de 1972.



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