Tecún Uman: Los Caminos de la Libertad

“...Fue fiero el combate en los llanos de Urbina, cerca de Xelajú. El conquistador se trabó en duelo con el rey de los quichés y, al caer de la tarde, le clavó su espada en el pecho. Entonces, el Quetzal que volaba desde el principio de la lucha encima de Tecún Umán, lanzó un solo grito y cayó muerto sobre su pecho.”

Fecha de publicación: 12 Oct, 2008 - 18:11:41
Última actualización: 09 Jun, 2014 - 18:16:49



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Tecún Uman: Los Caminos de la Libertad

“...Fue fiero el combate en los llanos de Urbina, cerca de Xelajú. El conquistador se trabó en duelo con el rey de los quichés y, al caer de la tarde, le clavó su espada en el pecho. Entonces, el Quetzal que volaba desde el principio de la lucha encima de Tecún Umán, lanzó un solo grito y cayó muerto sobre su pecho.”


Por Edith Recourat


“...Fue fiero el combate en los llanos de Urbina, cerca de Xelajú.  El conquistador se trabó en duelo con el rey de los quichés y, al caer de la tarde, le clavó su espada en el pecho.  Entonces, el Quetzal que volaba desde el principio de la lucha encima de Tecún Umán, lanzó un solo grito y cayó muerto sobre su pecho.”

Conociendo mi predilección por lo indígena, el maestro Galeotti Torres me había dicho gentilmente: “te esperamos sin falta en Xela para la fiesta de Tecún”.  Y yo, que desde el quinto año de primaria de mi hijo, había oído desgranar genealogías de reyes quichés, Belehep-Zi y Oxim-Ché, que bien valen las dinastías europeas, y llevaba asimismo grabada en la mente la inolvidable leyenda de Tecún Umán, decidí ir a Xela para la inauguración de la obra escultórica de Rodolfo Galeotti Torres.

Que existiera, o no, Tecún Umán, como alegan algunos, no tiene para mí la menor importancia.  Como dijera Voltaire, con su frivolidad profunda: “si Dios no existiera, habría que inventarlo”.  Porque los dioses y los héroes no valen por su realidad física sino por el poder mágico que ejercen sobre nuestra imaginación. Son secreción de un hambre ilimitada de ilusiones y de esperanzas en pos de cristalización y de transfiguración.  Entre más bella la leyenda, más afín a la situación que simboliza, es decir, entre más ajustada al episodio que encarna, más real será, haya existido, o no, en el mundo de los sentidos y de los hechos.  ¿Quién ha visto al Quijote o a los cuatro Mosqueteros, quién ha oído las profecías antiguas que sirven todavía de base a las iglesias, quién ha presenciado los amores de Tristán e Isolda? ¿Y no es tan real Ifigenia, la de Aulide o de Yucatán, como Cleopatra o Juana de Arco?

El héroe vale su peso en identificación con la causa que representa y que lo unge con un poder de fascinación sin equivalente en el mundo de la fría realidad.  De acuerdo con esa definición, Tecún Umán me parece ser uno de los máximos héroes de la historia universal ya que une el valor épico a la belleza evocadora y sugestiva de la escena; la absoluta afinidad de las características locales, el quetzal, el paraje, con la evocadora musicalidad de los nombres, Tecún Umán, Xelajú, el llano de Urbina, poseen en el más alto grado esas sonoridades, ese valor y color poéticos que sellan de vez en cuando las grandes aventuras y los grandes destinos.

No sorprende, por lo tanto que así lo sientan las multitudes indígenas movilizadas en su honor. Nunca, me dijeron testigos oculares, se había visto reunidos grupos indígenas animados con tanto entusiasmo, resplandecientes en trajes de una olvidada munificencia.  Trajes que nos hemos acostumbrado a ver momificados en vitrinas o sobre las espaldas de sirvientas y de vendedoras en los mercados.  Trajes hoy asociados con faenas domésticas o modas exóticas pero cuya hermosura, cuyo carácter auténtico revive, y casi estalla súbitamente cuando se produce el acorde íntimo entre algún impulso espiritual irresistible y sus manifestaciones exteriores, entre la causa y sus expresiones espontáneas de júbilo, danza, rito, queja musical, manifestaciones todas de mancomunidad y de identidad de una raza avasalladora pero nunca desintegrada.

*   *   *

Estas y otras reflexiones me estaba haciendo camino a Xela, por la carretera de los altos, notando al pasar los cambios ocurridos desde mi último viaje: el letrero nuevo sobre la escuela de Aguas Escondidas, más recientes tipos de tractores y bulldozers en los campos; los tremendos derrumbes de la mitad de la calzada a inmediaciones del Mirador, sin luz ni señalización adecuada a pesar del precipicio que abre su mandíbula voraz en medio del asfalto y, en el kilómetro 135, la extraña belleza de los pinos azotados por un viento desenfrenado que los transformaba en espigas de luz, en “torsadas” kaleidoscópicas de metal y sombra, descendientes tal vez de aquellos árboles  de hojas de oro que habían asombrado a Cortés en los jardines de Moctezuma.  El aire era tan fuerte, y el frío tan penetrante que, al desembocar en tramos de carretera no protegidos por el cerro, el carro se encabritaba y daba un paso de lado, como montura viva castigada por los elementos.

Habíamos dejado a Nahualá y llegábamos a la Cumbre cuando el motor dío dos tres hipos, surgió un olorcito a quemado y se paró.

La temperatura que me acogió afuera, las furiosas ráfagas de aire helaban los dedos, traspasaban la ropa, hurgaban en la piel indefensa como para transformarla en témpano de hielo.  Ni en Moscú, con 28 grados bajo cero, ni en Québec con Cyriano y Emmie Ruiz después de Expo 67, ni en el Cabo Norte, más allá de Narvik, de Tromsoe y de Hammerfest, en la tierra de los osos blancos, se padecen los fríos de las tierras altas del trópico.  El frío de Sololá, de Totonicapán, de Quezaltenango, a dos pasos de la costa cuando uno carga todavía los trajes de baño y la piel salada de mar y de sudor, el implacable frío del trópico donde, al decir de hacendados y finqueros ricos “el que no come, es por haragán, porque en esta bendita tierra, no falta nunca una tortilla o un banano”, es algo que se olvida en unas cuantas horas al volver al clima parejo y benigno de la capital.  Pero allá arriba, en los ranchos de caña trasquilados por el viento, en el piso de tierra batida, que suda frío contra la piel fría, sin ropa ni comida, ni calefacción adecuada, quedan lejos los bananos fritos y los mangos silvestres.

*   *   *

No es por capricho literario que he encabezado este comentario: los caminos de la libertad.  Ni es por egoísmo que he arrastrado al lector hasta la cumbre donde quedé inmovilizada.  Es que son muchos los caminos que llevan hacia la resurrección de la leyenda.  Y si me quedé sin fiesta en Xela, sin inauguración, sin comida y sin carro, descubrí en cambio, en una población cercana, bastante importante, un aspecto imprevisto de la realidad guatemalteca, tomada “a lo vivo”, sin preparación ni máscara para el visitante puesto que lo último que  yo esperaba, al emprender camino, era caer en una manifestación de civismo rural, donde en cierto modo, se celebraba también a Tecún Umán. Sólo que allí, no había danzas ni júbilo, ni trajes espléndidos, ni magia de ninguna clase.

Sólo se contemplaba, multiplicado al infinito, el rostro hambriento, maloliente y triste de una muchedumbre ignorada y abandonada de la provincia y del campo. ¡Que pobreza se esconde a orillas de las carreteras internacionales! Y ¡que distintas suenan las palabras pronunciadas en la penumbra, qué agresivas las miradas no filtradas por la conveniencia!

Para mí, había caído una noche helada y yo buscaba un taller.  Para aquella masa humilde, había caído la noche acostumbrada y buscaban algo parecido a una chispa de esperanza, a una seña de mejoramiento próximo en el porvenir.  ¿Para quién iban a votar dentro de unos días, y cual sería para ellos, el resultado de la elección?  Por ahí andaba un candidato a algún puesto, quien, desde la primera ojeada, me tomó por una turista.  El “No” que me articuló en la cara cuando indagué sobre las posibilidades de ayuda, no era dirigido especialmente a mí.  Lo comprendo y le doy la razón.  Estaba dirigido al invasor pudiente, al extranjero suplantador, al explotador, al acusador de haraganería, al que paga centavos de salario en el campo, al que desvía las fuentes de riqueza y de trabajo (¿por qué se ofrecería “trabajo” en los programas presidenciales si no fuera porque no lo hay?) a todos los usurpadores de la confianza, de la honestidad, de las anunciadas mejorías que frustran indefinidamente la esperanza del pobre, hambriento, enfermo, sin trabajo que sueña con el despuntar de un mañana mejor para él y para sus hijos.  Esas palabras, hambre, pobreza, e hijos, se leen y se oyen tanto que ya no despiertan ninguna emoción.  Forman parte de toda campaña electoral. Espero sin embargo, que llegará el día en que se tomarán en cuenta a los descendientes de Tecún Umán y que se les facilitará a todos, a ellos y a sus hijos, a aquellos inteligentes muchachitos morenos, a aquellas lindas y despiertas niñas de grandes ojos y largas trenzas, una vida, un destino, un camino común en condiciones más humanas que las actuales.

Este es mi brindis al espíritu de Tecún Umán.

El Imparcial, 28 de Febrero de 1970.

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