Guiados por el Espíritu
“Tu Espíritu, Señor, infunda en nosotros tus dones espirituales y forme en nosotros un corazón que te sea agradable” (Misal Romano, Colecta). Esta oración nos invita a reflexionar aún sobre la acción interior del Espíritu Santo en los fieles.
“Tu Espíritu, Señor, infunda en nosotros tus dones espirituales y forme en nosotros un corazón que te sea agradable” (Misal Romano, Colecta). Esta oración nos invita a reflexionar aún sobre la acción interior del Espíritu Santo en los fieles. La gracia santificante, las virtudes teologales y morales infundidas en el bautismo colocan al cristiano en un plano sobrenatural y lo hacen capaz de obrar sobrenaturalmente y de tender a Dios y a la santidad. Sin embargo, su modo de obrar permanece siempre humano y por lo tanto limitado e imperfecto. De hecho, nuestro entendimiento, aunque iluminado por la fe, es siempre inadecuado respecto del ser infinito, e incapaz de representárselo tal cual es; mientras estamos sobre la tierra, conocemos a Dios “como a través de un espejo y en enigma”, y solamente en el cielo “le veremos cara a cara” (1 Cr 13, 12). Y no solo no tenemos un conocimiento adecuado de Dios, pero ni siquiera de la santidad: sólo hasta cierto punto conocemos las cosas de Dios, y así también, sólo hasta cierto punto conocemos el camino de la santidad; realmente no siempre sabemos distinguir lo más perfecto, y muchas veces, aun a pesar nuestro, erramos creyendo santo y bueno lo que en realidad no lo es.“Los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rm 8, 14). Los hijos deben parecerse a sus padres, deben poseer su mismo espíritu. Dios ha dado a todos los bautizados su Espíritu, pero no todos se dejan guiar por él y por eso no todos llevan a perfección su condición de hijos. Sólo quienes se abandonan con docilidad a la acción del Espíritu Santo viven en plenitud la gracia de la adopción y como verdaderos hijos consiguen su fin: la comunión con Dios en el amor. El Espíritu Santo con sus dones influye directamente en la voluntad del hombre: la urge, la inflama, la atrae hacia sí y por medio del amor ilumina su mente. Así nace en nosotros aquel “sentido de Dios” y de las cosas divinas que no sabemos explicar, pero que nos hace conocer y gustar a Dios y nos orienta a él más que cualquier otro razonamiento e industria nuestra. Sentimos entonces que Dios es “único”, que todas las criaturas están infinitamente distantes de él; sentimos que merece todo nuestro amor y que éste es nada frente a la infinita amabilidad divina; sentimos que todo sacrificio es siempre demasiado poco para un Dios tan grande. Es precisamente éste el modo como el Espíritu Santo nos coloca en el camino de la santidad.
La acción del Espíritu Santo es por demás poderosa y eficaz, pero sin embargo, Espíritu de amor como es, no quiere violentar la libertad humana, sino que espera a que el hombre acepte libremente sus impulsos y le entregue por amor la propia voluntad. Si encuentra en él resistencia, retira de él sus gracias y lo deja en la mediocridad. Por eso San Pablo exhorta a vivir no “según la carne”, es decir, según aquellas inclinaciones que llevan al hombre a afirmar más o menos su propia independencia y la de su voluntad con respecto a Dios, sino “según el Espíritu” (ib. 6). “Esta es la vida y la paz de los hijos de Dios: dejarse guiar por el Espíritu””; esta es la lógica de quien desea vivir su propio bautismo: “Si vivimos del Espíritu, andamos siempre según el Espíritu” (Gl 5, 25).
Bien sabes, Señor, que lo que el hombre necesita no es una guía visible, sino ante todo y sobre todo una ayuda interior, íntima e invisible. Tú te has dignado asegurarle una curación completa y no sólo parcial; no te has contentado con corregir en él lo que está en la superficie, sino que has querido eliminar el motivo básico, la raíz de todos los males. Por eso has querido penetrar en el alma del hombre, y te alejaste de él corporalmente para volver a él en el Espíritu. No has querido quedarte con tus Apóstoles como en los días de tu vida terrena, pero has puesto tu morada para siempre en su interior, estrechando con ellos relaciones más directas y más verdaderas, en la virtud del divino Paráclito.
Publicado por: Elsa Robles
Fuente: Deguate.com
P. Gabriel de Sta. M. Magdalena O.C.D.
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