El oscuro secreto que esconde el Palacio de Correos de Guatemala

Ultima actualización: 19 Sep, 2020 - 01:04:00
Esta es la historia de la misteriosa desaparición de un panadero bajo el arco del Palacio de Correos de la zona 1 capitalina. El principal testigo nos revela los secretos inquietantes de este lugar y los eventos que supuestamente están por ocurrir.



¿Simples arcos o portales al más alla?

Mi nombre es Diego Fernández y todo lo que voy a contarles en esta extraordinaria historia, por más inverosímil que parezca, sucedió en realidad. Bueno, casi todo: por razones que resultarán obvias, me he reservado mi verdadero nombre...


1967

Selvin Calix era un joven campesino oriundo del Cantón Durazno, Jalapa, que llegó a la ciudad de Guatemala en enero de 1967 buscando un mejor futuro. Mis abuelos le dieron trabajo en su panadería, ubicada en la 12 calle entre 7ª y 6ª avenidas de la zona 1 capitalina, cerca del icónico edificio de Correos y Telégrafos.

Yo vivía con mi mamá y mis abuelos en el segundo nivel de la panadería. Tenía en ese entonces 9 años, y recuerdo que me había encariñado con Selvin, porque le gustaba bromear conmigo todas las mañanas cuando bajaba a desayunar antes de irme a la escuela y a veces me contaba historias de miedo de su pueblo.

Para diciembre, Selvin estaba por cumplir un año de trabajar para mis abuelos, y se había mudado al barrio de Gerona para estar más cerca de su lugar de trabajo. Desde ahí, caminaba cada madrugada hacia la panadería para llegar a hornear el pan de la mañana. Una fría y silenciosa madrugada, de camino hacia la panadería, divisó a lo lejos varias luces de colores que titilaban bajo el arco de Correos. Entendió que debía tratarse de los adornos navideños que le habían contado que colocaban en esa época del año, algo que era totalmente nuevo para él.

Emocionado, siguió avanzando sobre la Doce calle en dirección hacia el arco. Eran las 02h35 de la madrugada, así que pensó en apresurar el paso para tener un poco más de tiempo y apreciarlos de cerca antes de las 03h00 AM, que era su hora de entrada. Las calles estaban totalmente desiertas a esa hora, pero a lo lejos se escuchaba un leve murmullo.

Palacio de Correos Guatemala

Al llegar a la 8ª avenida, logró divisar varias sombras corriendo de un lado a otro sobre el pasaje superior que atraviesa el edificio de correos. El murmullo provenía de esas sombras, imposibles de identificar debido a la débil intensidad de los foquitos. En todos los meses que llevaba realizando el mismo trayecto nunca había visto algo así, por lo que titubeó un poco. Pero luego recordó que el día anterior, yo le había enseñado la carta que le había escrito a Santa Claus, explicándole que todos los niños de la ciudad le enviaban cartas a Santa pidiendo regalos para Navidad. “Deben de tener mucho trabajo en el correo”, pensó, y continuó avanzando.

Al llegar justo bajo el arco, el ruido del murmullo era aún más fuerte, y se mezclaba con un sonido vibrante que parecía provenir de las bombillas. Selvin se desilusionó un poco al ver que las luces eran mucho más bonitas vistas de lejos que de cerca y pensó en proseguir su camino. Pero súbitamente, vio cómo varias formas se materializaban en la pared cóncava del arco. Eran rostros y manos, que se movían entre la pared, y parecían “empujarla”, como si trataran de romperla y salir de ella, mientras le gritaban palabras en una lengua endemoniada. Selvin trató de correr, pero las piernas se le aguadaron y no respondieron. La tremenda impresión lo hizo caer al suelo, por lo que debió arrastrarse para alejarse mientras los rostros se reían de él.

Con mucho esfuerzo, logró llegar a la séptima avenida. Las extrañas formas ya no eran visibles, pero escuchaba claramente las carcajadas de varias personas, hombres y mujeres, burlándose de su víctima. Selvin cruzó la 7ª avenida gateando y se apoyó en el semáforo para ponerse de pie. Avanzó media cuadra apoyándose en las paredes, como si fuera un borracho, hasta que por fin llegó a la panadería.

Aquella madrugada Selvin no pudo hornear el pan. Mi abuelo lo encontró a las 05h30 de la mañana, cuando bajó para preparar la apertura del local. Estaba acurrucado en una esquina de la bodega, temblando, sucio, golpeado, con la mirada perdida, las manos tapando sus oídos ensangrentados.

Mi abuelo trató de hacerlo reaccionar de muchas maneras. Finalmente, Selvin se puso a llorar amargamente, y le contó asustado lo que le había sucedido. Repetía una y otra vez la forma en la que esos rostros se mezclaban con la estructura del arco y parecían querer agarrarlo y llevarlo dentro de las paredes. Por supuesto, nadie creyó su historia.

Mi abuelo le dijo a Selvin que se tranquilizara y le dio el resto del día libre para que se fuera a su casa y se repusiera. Selvin se dio cuenta de que ya no tenía su cartera, así que mi abuelo le dio cinco quetzales y le dijo “Te quiero aquí a las 4 menos 10 mañana, que hoy no tenemos producto que vender”. Pero Selvin nunca más regresó a trabajar y no supimos más de él.

Unos días después, escuché a mi abuelo contarle a mi mamá parte de esta extraña historia que Selvin había mencionado, y que seguramente lo habían asaltado esa madrugada. Pero cuando me vieron dejaron de hablar. Nunca quisieron decirme qué había pasado con aquél sonriente panadero, pero alcancé a escuchar acerca de los rostros en el arco que estaba a media cuadra de mi casa.

A raíz de eso, me surgió una fascinación y cierto temor por el edificio de Correos y Telégrafos. No era muy antiguo (fue construido entre 1937 y 1940), pero escuchaba con atención cada vez que alguien contaba historias de sucesos paranormales que ocurrían en ese lugar. ¿Le habría sucedido algo paranormal a Selvin en el arco? La pregunta me carcomía la mente y cada día, al pasar bajo el arco, un escalofrío recorría mi cuerpo y me preguntaba qué había pasado esa noche.



1971

Habían transcurrido casi 4 años desde la desaparición, y yo, ahora de 13 años, me sentía más valiente. Al llegar las vacaciones de fin de año, pensé que era hora de resolver el misterio. Una tarde, después de almorzar, tomé mi bici y me fui a buscar a Selvin a Gerona. Pregunté a varias personas, pero parecía que ya nadie lo recordaba, excepto yo. Estaba a punto de darme por vencido cuando una anciana en un puesto de frutas me llamó.

Anciana: Sht sht, niño, ¿tú eres el que está buscando a Selvin?

Yo: Si señora, ¿Usted lo conoce? ¿Sabe dónde vive?

Anciana: No vive… ¡pero tampoco ha muerto!

Yo: ¿Cómo así? No le entiendo señora.

Anciana: Está atrapado entre dos mundos, y no podrá salir a menos de que alguien lo libere.

Yo: ¿Atrapado? ¿Está en la cárcel?

Anciana: ¡No, escucha muchachito!

Un arco es la entrada a otra dimensión,
el arco en las ruinas será la salvación,

abrirlo podrás si pones atención,

a las tres en punto, hora de agitación…

En ese momento, un ruido distante captó mi atención por lo que volteé a ver de qué se trataba. Era el tren que se acercaba lentamente, tocando su peculiar bocina. Al volver la vista, la extraña señora y su venta habían desaparecido.

Regresé a casa al anochecer, y encontré a mi mamá muy alterada porque no me había visto en toda la tarde. Me preguntó dónde me había metido y cuando le conté, se puso histérica. ¡Para qué le conté! Esa misma tarde, se puso en contacto con mi tía, que vivía en la Antigua, quien la ayudó a inscribirme en el Colegio La Salle de esa ciudad colonial, que en ese tiempo funcionaba como internado.

Arco Santa Catalina - Antigua Guatemala

 

1972 - 1975

En enero de 1972, me fui entonces interno al La Salle de Antigua, donde iba a cursar tercero básico. En un inicio, no tuve muchos problemas con los curas (hermanos salesianos) ni con los demás internos, hasta el día en que una salida, vi el arco de Santa Catalina, construido en 1693, y recordé las palabras de la anciana: “el arco en las ruinas será la salvación

¿Habría querido decirme que otro arco era la “salida”? ¿Salida de otra dimensión? ¿Y por qué a las tres en punto?

Sin decirle nada a mis compañeros, me fui a inspeccionar el arco, pero no vi nada peculiar. Eran las 11 de la mañana, y pensé que quizás debería regresar a las tres. Al verme tan interesado en el arco, uno de mis compañeros llegó conmigo a preguntarme lo que estaba haciendo, y cometí la tontería de contarle lo que había sucedido y lo que me había dicho la anciana, y que pensaba escaparme esa tarde para ver si descubría una pista.

Este compañero se lo comentó a otro y pronto un grupo de alumnos empezaron a molestarme y a verme como loco. Obviamente no pude regresar esa tarde, y a partir de ese momento tuve muchas peleas, por lo que pasaba la mayoría de fines de semana castigado, encerrado. Y aunque finalmente pude ir un par de veces, durante las visitas de mi mamá, nunca sucedió nada.

Desilusionado, dejé de interesarme en el misterio de Selvin, pero eso no evitó que los problemas con varios compañeros se hicieran cada vez más grandes durante los siguientes 3 años, hasta 1975, año de mi graduación. Honestamente, no sé cómo no fui expulsado, supongo que mi tía, que tenía un puesto importante en el Ayuntamiento de Antigua, tuvo algo que ver. Pero fueron tan graves los problemas entre los internos que ese mismo año el Lasalle tomó la decisión de cancelar el servicio de internado.

 

1976

El 30 de enero, día de mi cumpleaños número 18, decidimos ir al cine con unos amigos. Mientras veíamos la cartelera, un poster llamó de inmediato mi atención: era una película protagonizada por la hermosa Georgina Spelvin. El nombre de la película era “3:00 AM”.

¿Spelvin? ¿3:00 AM?

Lógicamente, recordé de inmediato a Selvin en ese momento. ¿Cómo pude ser tan imbécil? Había ido dos o tres veces al arco de Santa Catalina en Antigua a las 3:00 PM que en realidad son las 15 horas, ¡pero no se me ocurrió nunca ir a las 3 de la madrugada! Pero es que las palabras de la anciana fueron «a las tres en punto, hora de agitación», y las 3:00 AM no son exactamente la hora de mayor agitación en ningún lugar.

Al día siguiente llamé a mi tía y le pregunté si podía ir a visitarla y quedarme a dormir en su casa, y quedamos en que llegara el siguiente martes a cenar.

Esa noche, salí de casa de mi tía sin hacer ruido como a las 2:00 AM y me fui caminando hacia el arco, llevando únicamente una linterna y un poncho grueso para cubrirme del frío. Estaba seguro de que esta vez lograría algún avance.

Llegué exactamente a las 2:20 AM y me senté a esperar debajo del arco. La calle estaba desierta y no había visto a nadie en el trayecto. Emocionado, repetía una y otra vez: “Selvin Calix sal por aquí… Selvin Calix vengo por ti…” Con el paso de los minutos, el sueño empezó a ganarme.

De pronto, empecé a escuchar unos susurros que parecían provenir de todas partes. Abrí los ojos y apunté mi linterna hacia el techo cóncavo del arco, y quedé atónito al ver varios rostros humanos y manos que parecían empujar hacia afuera, deformando las paredes como si fueran sábanas de tela. Sus esfuerzos por escapar de las paredes del arco eran inútiles. Pero entonces, la tierra empezó a sacudirse violentamente. Las paredes del arco se rajaron y vi como varios espectros con forma humana escapaban entre las fisuras. No eran de carne y hueso, parecían hechos de humo. Yo estaba paralizado por el miedo, y me aferraba a la pared del arco mientras todo se sacudía y caían bloques de piedra a mi rededor.

Sentí que esa sacudida fue eterna, y cuando por fin terminó me arrastré hacia el centro de la calle, temeroso que la estructura se viniera abajo con una réplica. El terremoto del 4 de febrero había dejado a más de 20 mil muertos en todo el país. El reloj del arco, una antigüedad francesa del siglo XIX, se había averiado. Sus agujas se habían detenido marcando las 3:01 AM.

¿Qué diablos pasó? El terremoto fue real, pero… ¿los rostros y esos espectros que vi salir por las rajaduras? ¿lo soñé o estaba despierto? ¿Mi presencia en ese lugar lo provocó o fue simple casualidad?

La gente empezó a salir aterrada de sus casas para ponerse a salvo. Yo me puse de pie y regresé corriendo a casa de mi tía, rodeado de lamentos y esquivando a gente que caminaba como zombi a media calle, con los rostros ensangrentados, mientras que otros cargaban los cuerpos inertes de sus seres queridos.

La casa de mi tía estaba destruida, pero de alguna manera ella estaba bien. Al verme me abrazó muy fuerte y se puso a llorar. Ella había escuchado el ruido de la puerta cuando salí, y se había levantado preocupada para investigar. Al darse cuenta de que yo no estaba en la casa, se había quedado en la puerta de entrada, esperando mi regreso. Ella siempre pensó, hasta el día de su muerte, que yo le había salvado la vida. Pero algo dentro de mi sentía que quizás yo había provocado toda esa destrucción.

Me preguntó por qué había salido a esas horas, y no tuve más remedio que contarle. Me dijo que no me preocupara, y que al día siguiente me llevaría de vuelta con mi mamá y mis abuelos a Guatemala, para asegurarnos de que estuvieran bien, y que además tenían que contarme algo.

Así pues, a la mañana siguiente regresamos a Guatemala y afortunadamente mi familia estaba bien. Mi tía fue a hablar con mi mamá y mis abuelos y luego me pidieron que fuera con ellos.

Mamá: Mijo, tenemos que decirte algo con tu abuelo.

Abuelo: Mirá Diego, yo sé que vos desde güiro has estado obsesionado con lo que le pasó a Selvin. Con tu mamá no te quisimos contar nada porque fue algo muy feo y además, incomprensible.

Yo: ¿qué le pasó?

Abuelo: El patojo vino una madrugada todo alterado, diciendo que había visto unas especies de espíritus en el arco. No paraba de llorar y temblar y lo mandé a su casa. Se suponía que tenía que regresar a trabajar al día siguiente, pero ya no vino. Yo lo fui a buscar a Gerona como una semana después, y lo encontré tirado afuera de una cantina. Traté de ayudarlo, pero entonces él se volteó con los ojos rojos llenos de rabia y me gritó algo en otra lengua que no comprendí. Luego, me empujó fuertísimo hacia la calle. Yo caí de espaldas y casi me atropella un carro. Cuando levanté la mirada, el iba como a media cuadra, corriendo rapidísimo.

Yo: ¿Qué dijo? ¿O sea, cómo sonó lo que te dijo?

Abuelo: Te digo que no lo entendí, lo único que creo haber entendido sonó algo así como “Diego culo”. La forma en la que me vio me hizo pensar que debía protegerte de ese loco y por eso no te dije nada.

Yo: ¿Y no lo seguiste?

Abuelo: No, él iba muy rápido y desapareció rápidamente de mi vista. Unos señores me ayudaron a levantarme y me dijeron que Selvin llevaba días borracho y se había vuelto muy violento. Nunca más lo volví a ver. Luego, a principios de enero del siguiente año, en el 68, llamaron del lugar donde alquilaba su cuarto en Gerona, porque había dejado el numero de la panadería. Nos dijeron que Selvin no había vuelto y que iban a tener que darle el cuarto a alguien más. También dijeron que tenían una bolsa con ropa de él, pero no quisimos ir por ella.

Yo: Pero abue, ¡yo vi los rostros en el arco de la Antigua!

Abuelo: Dieguito, dijiste que te quedaste dormido antes del terremoto. Tienes una imaginación muy grande, seguramente lo soñaste por estar pensando tanto en esas babosadas. ¡Esa es la única explicación racional!

Parecía evidente que mi abuelo tenía razón. Lo más probable era que al pobre Selvin lo hubieran asaltado esa madrugada debajo del arco repleto de lucecitas de colores. Desorientado y confundido, el panadero debió imaginar que los rostros de los ladrones eran rostros de almas que intentaban salir de las paredes y las burlas que escuchó habrían sido de los mismos ladrones.

La tremenda impresión sumió a Selvin en un severo alcoholismo, y yo en mi obsesión fabriqué una historia inverosímil alimentada por mi imaginación y una serie de extraordinarias coincidencias.

Ya no importaba. Lo único importante para mí en ese momento es que todos habíamos sobrevivido al terremoto. Las siguientes semanas, ayudamos como pudimos a los vecinos de la zona y arreglamos la panadería, que había sufrido varios daños. Mis abuelos prepararon y distribuyeron pan gratis durante varios días.

Ese año empecé a estudiar en la universidad y me olvidé del asunto por completo. Conocí a quien se convertiría en mi esposa y me gradué como Ingeniero Civil cinco años más tarde.

 

1997

Para 1997, era dueño de una exitosa empresa constructora. Mi mamá se encargaba de la panadería, que aún seguía funcionando en el mismo lugar, y mis abuelos ya casi no se metían.

Un fin de semana que los fui a visitar con mi esposa y mis hijos, mi mamá me dijo que un muchacho había llevado una carta diciendo que era para mí. “Solo me dijo que era para el joven Diego”, me dijo mi mamá mientras me la entregaba. El sobre no tenía ninguna marca, ni remitente. Abrí el sobre y saqué la carta. La piel se me erizó.

“Joven Diego, quiero expresarle mi mas profundo agradecimiento porque gracias a usted fui liberado de mi tribulación. He vivido como Dios manda y ahora me voy en paz.

Selvin Calix.”

Le rogué a mi mamá que tratara de recordar quién le había llevado la carta, pero fue inútil. No le preguntó el nombre al muchacho, ni a donde se podía responder… ¡nada! Lo único que tenía era el recuerdo de su rostro.

Selvin Calix regresaba a atormentar mi mente 21 años después. Pero ahora era peor, mucho peor. ¿Por qué decía que lo había liberado? ¿Significaba eso que no había imaginado todo aquello la noche del terremoto? ¿Se trataba de alguna broma?

Pasó casi un año y mi abuelo falleció. Mi abuela lo siguió un par de días después. Las siguientes semanas llegaron un montón de cartas, y mi madre respondía cada una de ellas. Un día, me pidió que la acompañara al correo para dejar algunas cartas. Al llegar, se quedó viendo extrañamente a un muchacho que barría el lugar.

Yo: ¿Qué pasa mama?

Mamá: Mirá ese muchacho… Es… ¡Es el que me dio la carta de Selvin Calix!

Yo: ¿Estás segura?

Mamá: Si mijo, ¡estoy segurísima!

Me acerqué al muchacho y lo saludé.

Yo: Hola, buenos días.

Muchacho: Buenos días.

Yo: Disculpe, mi mamá dice que ud fue a dejar una carta de parte de Selvin Calix para Diego Fernández hace un año.

Muchacho: Ah si, ¡aquí nomás a media cuadra!

Yo: ¡Si! ¿Usted conoce a don Selvin?

Muchacho: Si señor, él era mi papá.

Yo: ¿Era?

Muchacho: Si, mi papá falleció hace un año. Me dio esa carta cuando estaba a punto de morir. ¿Usted es Diego?

Yo: Si… lamento mucho lo de su papá.

Muchacho: Muchas gracias. Pues fíjese que mi papá me contó una historia extraña que le pasó y que lo involucra a usted, pero no sé si quiere escucharla.

Yo: ¡Por supuesto que sí!

Muchacho: Eeeehm… bueno, si quiere a las 4 que salga le cuento lo que tengo que decirle, porque ahorita no puedo. Si me dilato me regañan. Pero le advierto: es una historia sin pies ni cabeza.

Yo: Ok, yo paso por usted a las cuatro entonces. ¿Cómo se llama usted?

Muchacho: Diego Calix para servirle…

Me quedé estupefacto. Por fin, después de más de 30 años, estaba a punto de descubrir la verdad. Ahí estaba el hijo de Selvin, se llamaba igual que yo, e irónicamente trabajaba como conserje en el mismísimo lugar donde todo había empezado.

Llegué por Diego a las 16h00 en punto, y fuimos a una tranquila cafetería de la zona 1. Ahí me contó lo que su padre le había dicho que había sucedido:

“Mi papá me contó que trabajó como un año con su familia, y que los llegó a querer mucho, especialmente a su abuelo y a usted. Decía que su abuelo era como un padre, y usted como un hermanito.

Pero una noche, camino al trabajo, le pasó algo muy raro en el arco del correo. Unas almas malignas trataron de llevárselo al otro lado, pero no pudieron. Lo dejaron muy malherido y asustado, y ya no quiso ir a trabajar. Terminó cayendo en la bebida y vivió en la calle durante varias semanas, subsistiendo a base de limosnas.

Desesperado, mi papá regresó al arco bien tomado. Empezó a maldecir a las almas y a retarlas para que se lo llevaran. Pero en lugar de eso, una patrulla se lo llevó al bote por escandalizar en la vía pública.

A los días lo liberaron, y mi papá regresó al arco. Según me dijo, regresó a las 3 de la mañana, y empezó a insultar a las almas malignas por todo el daño que le habían ocasionado. De pronto, vio los rostros de las almas en la pared, pero esta vez no se asustó. Llevaba una botella de Venado y se las reventó encima. Entonces, la pared se desgarró, como si fuera de trapo, y unos brazos largos lo atraparon y se lo llevaron para adentro. La pared se cerró detrás de él y todo se puso frío y oscuro.

La única luz provenía de un lejano resplandor en el horizonte, que iluminaba tenuemente unos caminos de piedra ondulados e interminables. Él debía cargar una pesada piedra por esos caminos, en dirección al resplandor. Pronto entendió que no podía salirse del camino, porque al hacerlo, de inmediato unos seres con enormes alas de insecto llegaban volando para golpearlo, y lo lanzaban de vuelta al empedrado.

Conforme se iba acercando al resplandor, la temperatura se hacía más cálida. De vez en cuando, llegaba a intersecciones, en las que podía decidir qué rumbo seguir, pero sin importar la dirección que tomase, siempre llegaba al mismo destino: un enorme rio de lava ardiente. Ahí, hacía una larga cola para depositar su roca, en lo que parecía la construcción de un gigantesco puente.

Del otro lado del rio de lava, podía verse las siluetas de un inmenso ejército de jinetes demoníacos, que esperaban, desde el principio de los tiempos, la terminación del puente para poder cruzar hacia el otro lado.

Una vez que depositaba su roca, debía regresar por el camino empedrado hasta llegar a una cantera, donde tomaría una nueva roca y repetiría el proceso. Le tomaba 7 días ir, y 7 días regresar. No podía descansar, no había nada que comer, ni nada que beber; y aunque sentía morir de sed, de hambre y de cansancio, la muerte era imposible en ese lugar.

Así como él, había cientos o quizás miles de otras almas en pena realizando el mismo recorrido, eternamente. Al cruzarse con uno de ellos en el camino, siempre intentaban comunicarse, pero lo único que salía de sus bocas eran ruidos extraños e incomprensibles.

También había unos cuantos arcos, “portales” les llamaba él, donde cientos de almas se aglomeraban, como esperando que se abrieran para escapar del suplicio. Nunca vio a nadie salir.

Ese fue su martirio durante ocho años, hasta que un día, escuchó la voz suya que lo llamaba. «Selvin Calix sal por aquí, Selvin Calix vengo por ti» dice que decía. Uno de los arcos se puso a brillar muy fuerte y él, sacando fuerzas de saber dónde, corrió como nunca hacia él.

De pronto, se dio cuenta que estaba corriendo en línea recta, o sea que no estaba siguiendo los caminos de piedra, por lo que se sorprendió de que los seres alados no lo hubieran llegado a golpear. Instintivamente, volteó a ver y notó que los seres alados se cubrían los ojos porque la potente luz los encandilaba.

Corrió entonces con toda la energía que le quedaba acercándose cada vez más al arco, cuando de pronto escuchó un espantoso grito. La tierra detrás de él se empezó a abrir y todo se puso a temblar. Mantuvo el equilibrio como pudo y logró llegar al arco, en el que se abrió una fisura lo suficientemente grande para que él saltara hacia el otro lado.

Mi papá se levantó sobresaltado esperando haber escapado del averno. Pero todo estaba en tinieblas y solo podía escuchar gritos y lamentos. Creyó que todo había sido en vano y que había caído en otro nivel del infierno. Se puso a llorar.

Entonces, vio lo que parecían unas luces de linternas acercándose. El haz de luz iluminó lo que parecían ser unos barrotes, y se dio cuenta de que se encontraba en una celda. Unas voces dijeron en un español perfectamente entendible: «Señores, por favor tranquilícense. Vamos a sacar de aquí a quienes hayan cometido delitos menores».

Empezaron a llamar a varios nombres, y de pronto escuchó el suyo: «Selvin Calix, escándalo en la vía pública, ¡para afuera!». Mientras lo encaminaban, le preguntó a los guardias dónde estaba, pero ninguno le prestó atención, todos le dijeron que se apurara y se fuera.

Ya fuera del recinto, una anciana se acercó a él y le dijo: «Acabas de pasar 8 años en el infierno. Los demonios que viste en del otro lado del río son las huestes de Belcebú, preparándose para atravesar el puente y desatar el Apocalipsis en la Tierra. Al ayudarte a escapar, Diego provocó un fuerte terremoto que destruyó los pilares del puente del Infierno. El precio pagado ha sido muy elevado: miles han perdido la vida, pero millones se han salvado. El mundo ha ganado un poco más de tiempo. Pero presta atención: cuando la flama del mensajero vuelva a arder, sabrás que los pilares han sido reconstruidos en la otra dimensión, y que el fin está cerca...»

Aliviado, pero con un gran sentimiento de culpabilidad, mi papá regresó a Jalapa. Luego se casó con mi mamá y nací yo.

Nunca regresó a Guatemala, ni volvió a caminar debajo de un arco, sin importar la hora ni la época del año. Unos días antes de morir, me contó esta historia, y me pidió que le entregara la carta cuando él hubiera dejado este mundo.

Como le dije, era una historia sin pies ni cabeza. Yo no creo en esas cosas y ya ve, hasta conseguí trabajo como conserje en el Palacio de Correos. Llevo un año trabajando ahí y nunca he visto nada raro. ¡Y eso que ahí duermo!”

Yo: Pero, ¿por qué nunca me buscó su papá?

Diego Calix: ¡Ah, si! Yo le pregunté lo mismo. Me respondió que desde su primer encuentro con esas supuestas almas, una frase se repetía una y otra vez en su cabeza: «Diego est in periculo. Noli respicere illum». Él no la entendía al principio, pero en el infierno le fue revelado que su significado era «Diego está en peligro. No lo busques». ¡Yo busqué las palabras en Internet y descubrí que están en latín! Vaya usted a saber cómo aprendió eso.

La historia me abrumó completamente. “Diego est in periculo” se parecía mucho a lo que mi abuelo creía haberlo escuchado decir: “Diego culo”. Aunque para él se trataba de una historia absurda, para mi todo encajaba, así que creí cada palabra. Ahora solo quedaba un último misterio: ¿qué quiso decirle la anciana a Selvin con “cuando la flama del mensajero vuelva a arder, sabrás que los pilares han sido reconstruidos en la otra dimensión”?

Le agradecí a mi tocayo por contarme la historia, y esa misma tarde lo convencí para que fuera a trabajar a mi compañía. Algo me decía que el ciclo no se había completado y que solo junto a él podríamos enfrentar lo que fuera que nos deparara el futuro.

2020

Diego ha estado trabajando conmigo por más de 20 años. Veintidos años para ser exactos. Con frecuencia, se burló de mi porque ni loco paso por debajo de un arco. Cuando el correo dejó de funcionar en Guatemala, soltó una carcajada y me dijo: “ya vé, ¡eso son puros cuentos!”.

Pero su actitud cambió el pasado 14 de septiembre de 2020, cuando se anunció que la antorcha del Palacio de Correo había sido encendida, tras 70 años de permanecer apagada. “La flama del mensajero” está ardiendo nuevamente.

Flama Palacio de Correos - Guatemala

¿Creyeron que el cuento estaba por terminar? La historia apenas comienza. Quienes creyeron que la pandemia era el principio del Apocalipsis se equivocaron: la primera trompeta está por sonar…

¡Pero tranquilos! El pasado miércoles, a las 3:00 AM, Diego Calix fue al arco de Correos armado con una botella de venado. La reventó contra la pared cóncava, y atravesó hacia el otro lado del muro antes de que una patrulla lo capturara por violar el toque de queda. En estos momentos, debe de estar vagando por los caminos empedrados del infierno. Llevaba consigo un teléfono celular y una tira de Tor-Trix.

Dudo que haya señal en el infierno, pero teníamos que probar. ¡Al menos tendrá algo que comer! Si no recibo una llamada o mensajito, me tocará a mi decidir cuándo ir a abrir el portal del arco de Santa Catalina, para que juntos destruyamos nuevamente los pilares del puente.

Espero que sus casas estén bien construidas. Mientras tanto, prepárense…

Autor: Sven Sánchez
Basado en una historia de Geo D'Incau

Nota del editor: esta es una historia de ciencia ficción.


Este artículo se publicó originalmente el 18 Sep, 2020 - 14:23:43

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