La Bruja de San Marcos

Ultima actualización: 19 Jun, 2020 - 01:48:25
Aparentaba ser una dulce anciana, pero en el momento de su muerte descubrieron que en realidad se trataba de la Bruja de San Marcos. La revelación de su oscuro pasado podría tener serias consecuencias.



Historia de la Bruja de San Marcos: no confíes en la dulce anciana

Historia original: Geo D’Incau / Adaptación: Antonio Sánchez

San Marcos, Guatemala - Las llamadas o mensajes después de las diez de la noche casi nunca son buen presagio. Por el contrario, muchas veces son malas noticias y aquel mensaje no fue la excepción. Entró justo a las 23h23 y me robó el sueño por completo. "Ha muerto. Ven cuanto antes por favor, ha muerto".



Hacían ya seis largos años desde la última vez que vi a mi buena amiga Margarita. Ella se había casado con su novio de toda la vida (Juan) y el día de su boda fue la última vez que cruzamos palabra de manera presencial. Después de eso solamente hablamos por teléfono y por mensajes.

Me ponía al tanto de su nueva vida. Su esposo la amaba mucho y eran muy felices. Yo era feliz por ambos. A ella la conocí desde la época de colegio y a él un par de años antes de su boda. Hacían una linda pareja y todo el mundo los amaba.

Al contraer matrimonio, decidieron mudarse hasta San Marcos, el pueblo originario de Juan.  Muy cerca de la frontera con México. Y por esa razón me fue ya muy difícil volver a verlos. Ellos vivían en una casa propiedad de él, en la que su anciana madre también vivía.

Margarita, nuera de la Bruja
Margarita

Los primeros dos años fueron muy felices, viajaron alrededor del mundo y al volver quisieron tener hijos, pero nunca pudieron. Eso no los afectó y siguieron con su alegre vida, hasta una trágica noche en la que Juan volviendo a su pueblo se accidentó y perdió la vida.

Yo me encontraba en el extranjero y no pude asistir al funeral. Margarita, al encontrarse tan lejos de su familia -que al igual que ella era de la capital- se fue aislando cada vez más, y al preguntarle el por qué no volvía a su casa junto a su familia respondía que tenía el compromiso de cuidar hasta el día de su muerte a su suegra. Y así lo hizo, no volvió a su casa ni la abandonó, esperando lo inevitable…




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Un oscuro pasado de brujería se revela

El día llegó. Margarita y yo habíamos hablado de lo que haría al momento de la muerte de su suegra. Era una anciana de 96 años que no tenía ya a ningún familiar vivo. Su único hijo, Juan, lo tuvo a la edad de casi 60 años, por lo que al morir se encontraba sola en el mundo.

Margarita tenía el plan de volver a su casa junto a su familia. Pero había algo en ese mensaje que me hizo pensar que no sería tan fácil recordarle y convencerla de llevar a cabo dicho plan. Como su amigo me apresté a salir en su ayuda en ese momento difícil que estaba atravesando, y salí rumbo a San Marcos esa misma noche. Ayudaría a enterrar a la anciana y luego me ofrecería a traerla de vuelta a la capital. Nada bueno quedaba para ella en aquel lejano lugar. Únicamente el recuerdo de su fallecido esposo, por lo que debía volver con los suyos y retomar su vida.

El camino me pareció más largo de lo que recordaba. Llegué justo al amanecer y el frío helaba la sangre. En la cuadra en donde se encontraba la casa de Margarita no había ni un alma a la hora en que llegué. Creí que por ser pueblo habría muchas personas en el velorio. Pero no, el ataúd se encontraba en medio de la sala completamente solo, iluminado únicamente por dos velas y a su lado Margarita completamente de negro. Inevitablemente pensé en lo sola que se veía y en lo injusta que la vida había sido con ella hasta ese momento.

La acompañé. Hablamos de lo difícil que los últimos años habían sido y que ahora terminaba. Podría volver a su casa, incluso yo podría llevarla. No respondió, al menos no a lo que yo le proponía.

- ¿Has visto lo sola que está la casa?

- Si Margarita. ¿Por qué? En los pueblos se acostumbra a que todos asistan al velorio. Me ha parecido muy raro. ¿A qué se debe?

-Todo el pueblo la odiaba.

- ¿Como? ¿A esta pobre anciana?

- No siempre fue una anciana. Y no sé si contarte sea lo correcto. Su vida ya ha terminado y poco importa lo que hizo en ella.

- Entiendo eso, pero no imagino que pudo hacer para que todos llegaran a odiarla.

- Hizo mucho daño. Ella practicó la brujería y yo no lo supe hasta ayer.

- ¿Y cómo lo supiste?

- Nadie quería ayudarme con el velorio. Tuve que rogar porque me vendieran un ataúd y no me quisieron recibir el dinero. Me lo regalaron y lo dejaron colocado aquí. Yo misma tuve que meterla.

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En su juventud, la anciana fue una hermosa bruja

Me levanté a observar el ataúd que permanecía abierto. Dentro estaba el cuerpo de una mujer demasiado vieja para creer que hasta hace unas horas se encontraba con vida. Parecía hecha de papel, a duras penas reconocible el lugar en donde deberían estar sus ojos.

- Imagino que no te ha costado mucho cargarla hasta aquí.

- No. Tenía ya varios días sin probar alimento. La encontré muerta cuando entré a su cuarto llevándole un poco de agua. Pero al introducirla en el ataúd, éste crujió como si de un cuerpo grande se tratara.

- Supongo que es un ataúd barato. Por eso te lo han regalado y por eso crujió así. ¿Ya arreglaste algo del entierro?

- Pasé varias horas rogando al padre de la iglesia para que al menos elevara una plegaria en el cementerio al momento de su entierro, pero se negó.

- ¿Y permitirá enterrarla en el camposanto?

- Tampoco quería, pero al final lo ha permitido. Eso sí, yo debía encontrar quien hiciera el agujero y quien la metiera. Pagué a un borrachito para que lo haga. Imagino que ya estará en eso.

- Bueno, en cuanto amanezca bien iré a ver si ya está adelantado el trabajo. Y podemos trasladarla en mi carro. Costará, pero ya veremos qué hacemos. ¿A qué hora piensas llevarla al cementerio?

- Cuanto antes. Nadie vendrá a verla. No tiene sentido que permanezca aquí mucho tiempo.

El sol comenzaba a asomarse en el horizonte. Debía ir a verificar que la persona encargada de abrir el agujero lo hubiera hecho. Pedí las indicaciones a Margarita y me dirigí hasta el camposanto. Logré encontrarlo poco tiempo después. Una leve niebla flotaba sobre las tumbas hechas en la tierra. El sol iluminaba los montículos que indicaban la presencia de un cuerpo y al fondo alguien cavaba la tierra. Debía ser el borrachito.

Hernan, el enterrador
Hernan, el borrachito enterrador

- ¡Buenos días! ¿Usted está cavando este agujero para la señora que murió anoche?

- ¿La bruja?

- No sé si es o fue bruja. Y no me interesa. ¿Es usted?

- Depende de quién pregunta.

- Soy amigo de Margarita. Ella me pidió que viniera a ver cómo va con esto.

- Entonces sí. Este es.

- ¿A qué hora cree que va a terminar?

- Pues en unas dos horas está listo. Eso sí, yo no le pongo la tierra. Eso deben hacerlo ustedes, es malo enterrar a una bruja. Yo no me meto en eso.

- ¿Por qué dice usted que es bruja?

- No lo digo yo. Lo sabemos todos. Ya hace años que no, pero tuvo su tiempo en que incluso la vieron volar. Pasaba volando sobre las casas en las noches sin luna. Y aquí mismo en este cementerio la vieron sacar cuerpos durante la noche. Deberían dejarla que se pudra en la casa e irse lo más rápido posible. Nadie se va a meter a robar nada en esa casa. Ahí se va a quedar hasta que agarre fuego o se caiga. Ustedes no deberían ni tocarla. Agarre a la señora y váyanse lejos lejos. Yo termino aquí y me voy, no quiero ni ver cuando la traigan ustedes.

Admito que aquello me dejó inquieto. El pueblo me parecía extrañamente silencioso y aunque el frío había pasado y el sol se encontraba ya iluminándolo todo no se veía gente caminando en las calles. Volví a la casa, debíamos terminar pronto todo aquello y volver a la ciudad.

- En tres horas está listo el agujero. El señor me ha dicho que en dos pero que le dé una hora para alejarse todo lo que pueda antes de que lleguemos.

- Nadie quiere ni acercarse a la casa. Han pasado gritando que nos vayamos y nos llevemos su cadáver con nosotros.

- ¿Quién ha pasado gritando?

- No lo sé. Lo escuché desde aquí. La odian te digo. Están aterrados, casi nadie ha salido de su casa y los pocos que salen evitan siquiera ver hacia acá. Si la hubieran conocido. Conmigo fue...

Margarita hizo una larga pausa con un suspiro.

- ¿Como fue contigo?

- Como una madre.

- ¿Por eso no la has abandonado?

- ¿Y quién si no yo para cuidarla? Se lo debía a Juan. Nunca la vi hacer el mal como dicen que lo hacía. He cuidado de ella hasta el final y nunca, nunca vi nada extraño en su vida. No los entiendo.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Margarita. Su tristeza por aquella anciana y por Juan eran comprensibles. Eran su familia. El silencio de la casa y la calle inundaba todo hasta que golpearon tres veces la puerta. Alguien había llegado.

Era el sacerdote, el que se había negado a ofrecer siquiera una oración por aquella anciana. Estaba allí tocando la puerta.

- Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?

- Buenos días, hijo. ¿Puedo pasar?

Volteé a ver a Margarita y ella lo dejó pasar.

- Buenos días, Margarita. Lamento mucho haberme negado a su petición esta madrugada. Pero usted sabe cómo son las cosas en este lugar. Nadie lo vería con buenos ojos, por lo que usted sabe. Ella, pues ella hacia cosas que están mal ante los ojos de Dios.

- No se preocupe padre. Lo entiendo, en un rato vamos a enterrarla. Ya quiero salir de todo esto. Al menos tendrá un lugar en donde descansar.

- Iré con ustedes. Eso venía a decirles. Los acompañaré y participaré en el entierro. No voy a dejarlos solos en este momento.

- ¿Está seguro?

- Si, encontré a Hernan cavando la tumba y me pidió que los acompañara. Me convenció. Es un buen hombre. Esperemos a que termine y vamos. Le daremos cristiana sepultura. Ahora oremos.

Las siguientes tres horas el sacerdote y Margarita las pasaron rezando. Yo veía por la ventana hacia la calle. Todo seguía en silencio y comenzaba a nublarse. El cielo lucía oscuro y el frío parecía volver.

- Perdón que los interrumpa. Creo que ya es momento de ir al cementerio.

Había tomado el control de la situación. Quería ayudar a Margarita a salir de todo cuanto antes. Entre los tres y sin la ayuda de nadie más subimos el ataúd a mi carro. Presentía las miradas de todos los vecinos sobre nosotros, detrás de las cortinas en los ventanales de las calles. Intenté hacerlo lo más solemnemente posible.

Y logramos acomodarlo casi sobre el respaldo de los sillones. Aquello era ridículo pero necesario, comenzaba a caer una leve llovizna y debíamos ir al cementerio pronto. El sacerdote seguía en sus oraciones mientras yo lentamente manejaba hacia el cementerio.

El Sacerdote
El sacerdote

Al llegar, la lluvia era más fuerte y en el cementerio nos esperaba Hernan. Quien dijo que había decidido ayudarnos: sabía que sería muy difícil para los tres bajar el ataúd. Lo agradecí infinitamente, porque no tenía idea de cómo lo haríamos.

Cargamos el ataúd hasta la tumba recién cavada. Todo fue muy rápido, la lluvia arreciaba y la tierra se convertía en lodo. El ataúd quedó prácticamente flotando, pero con el peso del resto de la tierra finalmente quedó fuera de nuestra vista. Habíamos terminado. Era hora de volver a casa.

El camino de vuelta a casa era lodo y más lodo. Llevábamos con nosotros a Hernan y al sacerdote, a quienes habíamos quedado de ir a dejar hasta la iglesia. Pero fue imposible. El camino estaba completamente inundado y el lodo seguía bajando de la montaña.

Margarita ofreció la casa para que pasaran la tormenta. Hernan aceptó de inmediato y el sacerdote lo pensó un poco, pero al final aceptó. A mí no me quedaba de otra así que todos nos dirigimos a la casa de Margarita. Al llegar, la calle seguía completamente vacía, pero frente a todas las casas había pequeñas piedras agrupadas en cada entrada… Excepto frente a la de Margarita.

Las piedras estaban muy bien ordenadas como para ser cosa de la lluvia. Era extraño, pero no pusimos mucha atención, hasta que dentro de la casa y tomando café el sacerdote dijo:

- Las piedras son contra los malos espíritus. Están seguros de que volverá por ellos y esas piedras los protegen.

Hubo silencio por un momento. Hasta que Hernan habló.

- Deberíamos poner piedras también. Por si acaso.

Nunca he sido de creer en ese tipo de cosas, y aunque no quise decir nada, la idea de Hernan no me pareció mala.

- Lo mejor es que sigamos en oración y no alteremos más a Margarita. Dios nos protege de todo y ella ya está descansando.

La lluvia seguía cayendo y no parecía que fuera a bajar de intensidad. La casa era bastante oscura y mientras Margarita y el sacerdote oraban me quedé dormido. Había olvidado que manejé toda la noche. El sueño me ganó.

Desperté asustado en medio de la oscuridad casi total. Seguía lloviendo y vi al sacerdote parado frente a la ventana. Me levanté y caminé hacia donde estaba.

- ¿Y Margarita?

- Subió a su cuarto a dormir. Hernan durmió tanto como usted en la sala y yo me quedé orando.

- ¿Qué hora es?

- Las 7h30 de la noche. No ha dejado de llover ni un momento y la luz se fue hace ya más de una hora. Será una larga noche, hijo. Debemos estar en oración todo el tiempo. Hay algo afuera, no sé qué sea, pero hace más de una hora que está vigilándonos.

- ¿Algo? ¿Algo como qué?

- No lo sé. Tal vez lo estoy imaginando. Pero justo allá en donde no hay piedras veo algo. Puede que me estén fallando los ojos hijo, ya estoy viejo. Aunque no está de más que me quede aquí orando. Si hay algo allí, por algo no se ha acercado.

Me acerqué a la ventana. Quería ver o al menos intentar ver qué era lo que el sacerdote estaba viendo. Examiné el área por algunos segundos, mis ojos se acostumbraban a la oscuridad. Los entrecerré un poco y lo vi.

Algo estaba parado en esa puerta. Yo tampoco estaba seguro de haberlo visto pero por un segundo vi dos ojos brillantes viendo hacia la casa. Dos enormes ojos brillantes.

- Vi algo

- Yo también hijo. Y justo en donde no hay piedras.

- ¿Justo donde no hay piedras qué padre?

Era Margarita. Se había levantado y bajado hasta donde nos encontrábamos.

- Nada hija. Intentamos ver hacia la calle, pero no hay luz en ninguna parte del pueblo. Me alegra haberme quedado aquí con ustedes. Es mal momento para dejarlos solos, no deja de llover.

Fue un segundo en el que volteamos a ver hacia dentro y al volver la vista hacia la ventana lo vimos parado frente a nosotros. El sacerdote levantó su rosario hacia la ventana y la cuadra completa tembló ante aquel grito. Así comprobamos que no lo estábamos imaginando.

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Algo acecha en la oscuridad

En donde deberían estar sus ojos quedaban únicamente dos agujeros profundos, tan profundos que me pareció que el mundo entero cabría entre ellos. Al gritar dejó ver enormes dientes afilados como alfileres, gritó tan fuerte que me sentí en otro lugar. Sentí que todo a mi alrededor desapareció y me vi envuelto por la oscuridad. Escuchaba a millones de personas gritar a la vez. Gritos de terror, de auxilio de angustia, de odio y de profunda tristeza.

Me pareció que fueron siglos en aquel lugar, pero solamente fue un segundo. Y justo antes de volver a la realidad escuché claramente: "Vengo por ella".

Había desaparecido. El sacerdote oraba con los ojos cerrados mientras Hernan cargaba hacia el sillón a Margarita, que había perdido el conocimiento. La lluvia seguía cayendo y entre la oscuridad los cuatro intentábamos explicar qué había sido aquello.

- ¿Sigue allí?

Pregunté al sacerdote mientras buscaba alguna vela para atacar un poco la oscuridad que nos envolvía.

- Si. Sigue en aquel lugar. ¿Como está Margarita?

- Está inconsciente, dijo Hernan.

Yo había encontrado las velas que hace unas horas iluminaban el ataúd de la anciana y las encendí mientras le preguntaba al sacerdote.

- ¿Qué fue eso padre?

- No lo sé hijo. Pero huyó en cuanto le mostré la cruz de mi rosario.

- ¿Cree que eso nos mantenga a salvo?

- Por algo no se acerca a la casa. Debe ser mi constante oración, pero no sé cuánto tiempo siga así. En cuanto quité la vista de la ventana apareció frente a nosotros.

- ¿Escuchó usted lo mismo que yo?

- Escuché una voz que dijo "vengo por ella". No sé si fue esa cosa la que lo dijo o la voz salió de ese lugar al que fui cuando vi sus ojos. Era el infierno hijo. Estoy seguro.

- Pensé lo mismo. ¿Que podemos hacer? ¿Tiene idea de lo que es?

- Tengo una idea vaga de lo que puede ser, pero no estoy seguro. No me atrevo a afirmarlo pero tampoco a ignorar y negarlo. Podría ser, pero no lo sé hijo.

- ¿Qué cosa no se atreve a afirmar ni a negar?

Hernan interrumpió:

- ¿Habla de la historia del recaudador de almas padre?

-Sí.

- ¿Qué es el recaudador de almas?

Aquello me sonó tan fantasioso que por un momento creí que era tema de locos. Pero pensando en lo que acababa de ver nada me sorprendería. Aquello era algo sobrenatural sin duda. Y nos enfrentábamos a él prácticamente solos. Lo único que nos protegía era el rosario del sacerdote que hasta hace unas horas me parecía detestable por negar el entierro a la anciana.

- El recaudador de almas es el encargado de recoger las almas que se dieron al diablo a cambio de favores recibidos.

- ¿Y qué hace aquí? De ser cierto ¿No debería haberse llevado el alma de la anciana y listo? Creo que la única capaz de hacer eso fue ella. ¿Qué alma busca aquí?

- No siempre la gente ofrece su alma al diablo a cambio de favores. Mucho menos si ya la ha entregado por otro favor.

- ¿A qué se refiere?

- A que lamentablemente creo que viene por el alma de Margarita. Ella fue la última que estuvo con la anciana. Los habitantes de este pueblo me pidieron muchas veces que le dijera que se alejara de ella. Que la dejara y huyera lejos. Pero nunca me hizo caso.

- De ser así, ¿podemos hacer algo?

- Solamente resistir. He escuchado de hechicería que contrarresta hechicería. Pero aunque eso fuera real, estamos solos. Nadie aquí nos va a ayudar, aunque saben por lo que estamos pasando. Por eso colocaron las piedras frente a sus casas.

- ¿Qué es lo que tienen esas piedras?

- Son las piedras con las que estaba construida la antigua iglesia. Un terremoto la destruyó, pero la gente conservó las piedras porque son sagradas. Por eso están protegidos.

- ¿Y en esta casa nadie guardó ninguna?

Margarita había despertado y respondió antes de que el sacerdote dijera algo más: “¡No!”. Parecía haber despertado de un largo y muy mal sueño.

Recaudador de almas y Margarita
El recaudador de almas viene por Margarita

- ¿Sabes por qué no guardaron de esas piedras Margarita? ¿Como te sientes?

- Juan y su madre nunca creyeron en esas cosas.

- Pero ve lo mucho que nos servirían esta noche querida amiga. Esa cosa de la que Hernan y el padre hablan viene por ti.

- Lo he visto. Escuché cuando lo dijo y me vi atrapada entre sus ojos. No creí que ella fuera capaz de hacerlo.

- ¿De hacer qué?, pregunté.

- De dar mi alma para resucitar de entre los muertos. Lo he visto al ver los ojos de esa cosa. Ella dio mi alma como garantía. Para que el día de su muerte vinieran por mi, y ella levantarse de su tumba. La cuidé como a una madre y me condenó.

Todo tenía sentido. Las piedras, el odio que todos sentían hacia la bruja, la presencia de aquella cosa y el plan que la anciana venía elaborando desde hacía mucho tiempo atrás. Deberíamos resistir no quedaba otra opción. Al amanecer nos iríamos y buscaríamos la ayuda de alguien.

Tal vez en una iglesia de la ciudad podrían ayudarnos. Tal vez al no completar el trato este se rompería. No sabía qué más podríamos hacer. Mientras tanto resistiríamos. El sacerdote parado en la ventana y yo junto a él. Hernan cuidaría de Margarita hasta que los rayos del sol vencieran a esa larga noche.

- ¿Se le ocurre algo más padre?, pregunté resignado a lo sobrenatural.

- Nada más que resistir hijo. Hay un amigo en la capital que podría ayudarnos. Con la luz del sol estas cosas tienden a desaparecer. Esperemos que Dios nos ayude y sigamos aquí.

Así lo hicimos. Nos quedamos parados observando aquella cosa que entre la oscuridad nos observaba también. Por ratos el sueño me atacaba, me sentía tan cansado al contrario del sacerdote, que parecía tener todas las energías del mundo.

- ¿Quiere que le traiga una silla padre?

-Si hijo, gracias. Y trae una para ti también.

Caminé hacia el comedor en donde había visto varias sillas. Pasé junto a Margarita quien se había quedado dormida de nuevo y Hernan con los ojos abiertos e iluminados por las velas no apartaba la mirada de ella.

Llegué al comedor y tome una silla que llevaría para el sacerdote. Volvería después por la mía. Al llegar de nuevo a la sala Margarita y Hernan no estaban. Escuché un grito desde el segundo piso. Era Margarita que me pedía ayuda. El padre permanecía parado frente a la ventana.

- Ve a ayudarla hijo ¡Corre!

Subí las escaleras corriendo. Llegué a la habitación de Margarita y Hernan intentaba tirarla por la ventana. Logré detenerlo y lo lancé lejos de Margarita, cerré la ventana y le pregunté qué le ocurría.

- Ella se lo buscó. Debemos entregársela y todos vamos a sobrevivir. Tengo amigos y un hijo que quiero ver crecer. Ella debe irse con esa cosa, nosotros no tenemos nada que ver. Me lo ha dicho esa cosa cuando gritó: si la entrego perdonara a la gente que quiero y a mi. Entrégala y te perdonará a ti también.

El miedo en los ojos de Margarita
Miedo en los ojos de Margarita

Estuve a punto de golpearlo por su cobardía. Pero el grito del sacerdote me detuvo. Tomé de la mano a Margarita y bajamos rápidamente a la sala. Al llegar las velas estaban apagadas. Encendí una y vi el cuerpo del sacerdote tendido en el suelo frente a la ventana.

El rosario permanecía entre sus manos aún. Margarita permanecía junto a mi. Escuchaba a Hernan bajando las escaleras y voltee hacia la ventana. El recaudador estaba parado frente a la ventana viéndonos desde afuera. Sonreía.

Tomé de la mano a Margarita y mientras parecía que ambos comenzábamos a entrar de nuevo al vacío d sus ojos. Pero reaccioné a tiempo y corrimos hacia las escaleras. Hernan intentó tomar a Margarita, pero lo empujamos fuertemente y nos dejó libre el paso.

Entramos en la habitación y cerramos la puerta, poniendo todo lo que encontré frente a ella, aunque algo dentro de mi sabía que no habría nada en este planeta que detuviera a aquella cosa. Excepto quizás las piedras que permanecían frente a las demás casas. Quedamos en silencio.

Escuchamos hablar a Hernan, pero no logramos distinguir lo que había dicho. Cobarde. La puerta de la casa se abrió con un terrorífico rechinido y un grito volvió a estremecer la cuadra, pero esta vez lo siguió una risa macabra. La puerta se cerró de nuevo.

Pensé que era cuestión de tiempo para que muriéramos ambos. Yo no dejaría que esa cosa se llevara a Margarita. Al menos no sin dar pelea, y sin duda perdería dicha pelea. No tenía oportunidad contra un ser infernal. No sin la ayuda del sacerdote.

El primer escalón de las escaleras crujió ante un peso enorme, luego el segundo. Margarita lloraba abrazada a mí, y yo repasaba mi vida, vida que seguramente terminaría en algunos minutos. Me arrepentía de nunca habérselo dicho. De ser así tal vez todo habría sido diferente.

¿Por qué nunca se lo dije? ¿Por qué me quedé callado siempre? La conocí desde el colegio y nunca le dije nada. Era demasiado tarde ya. Pronto esa cosa nos devoraría a ambos y todo terminaría. El tercer escalón se rompió ante el peso; el cuarto y el quinto también.

Si le hubiera dicho, nunca habría venido a este pueblo. Estaría tal vez conmigo en la capital o con otra persona, pero nunca habría conocido a Juan. Juan la arrastró hasta este lugar y la dejó en manos de la bruja de su madre, y ahora tenía que resignarme no solo a perderla, sino también a saber que su alma nunca tendría descanso. Que había sido usada como moneda en un intercambio infernal. Y que yo no podía hacer nada para detener todo aquello. El odio corrió por mi cuerpo y quise salir corriendo a enfrentar mi muerte cuanto antes, pero Margarita me tomaba la mano. Nunca la dejaría sola enfrentando su terrible destino, su terrible y al parecer inevitable destino.

El rechinido del resto de escalones fue silenciado por la risa burlona de aquel ser que se sabía victorioso. Parecía disfrutar del sufrimiento y terror que nos causaba. Margarita lloraba y ambos veíamos atentos la leve luz procedente del primer piso que entraba bajo la puerta.

Estaba parado frente a la puerta ya. Seguía riendo y rasguñaba la madera. No había nada que nos defendiera y nos resignamos. Casi al mismo tiempo comprendimos que eran los últimos momentos de nuestra vida y que esa cosa nos separaría siempre. Quién sabe qué nos esperaba.

La puerta voló por los aires hecha pedazos. La enorme figura del recaudador se paró frente a la puerta. Tomé de la mano a Margarita y se lo dije.

- Te amo. Siempre te amé, pero nunca me atreví a decírtelo. No me iré de esta vida sin que lo sepas y no dejaré que esta cosa te lleve. No sin darle pelea.

Me levanté decidido a luchar contra aquel ser infernal sabiendo de antemano que no tenía oportunidad de ganar, pero dispuesto a morir por el amor de mi vida. Cuando comencé a correr la mano de Margarita no soltó la mía. Me tiró hacia ella y me dijo:

- Tú también fuiste el amor de mi vida por mucho tiempo. Nunca dijiste nada y creí que no te gustaba. Luego me enamoré de Juan y creí que todo había terminado. Pero tampoco moriré ni me iré al infierno sin que lo sepas.

La bestia se abalanzó sobre nosotros desatando toda la oscuridad del infierno. Los gritos de millones de almas nos rodeaban, gritos de horror, gritos de dolor, gritos de angustia y auxilio. Todo había terminado y antes de unirnos a ellas Margarita y yo nos besamos.

El recaudador de almas se abalanza sobre nosotros

Todo quedó en silencio. La luz del sol entraba por la ventana de la habitación yo estaba tirado en el piso. No había nadie más conmigo. Me levanté y vi por la ventana. El lodo cubría la calle, pero el sol iluminaba el pueblo. Algunas personas comenzaban a barrer su entrada.

No sabía por cuanto tiempo había estado dormido. Salí de la habitación y vi las escaleras destruidas. Bajé con cuidado, la sala estaba vacía, la puerta de entrada permanecía cerrada y la casa entre oscuridad. Me desplomé sobre el sofá y comencé a llorar por Margarita.

No había podido salvarla.

- Estoy bien. Algo pasó y esa cosa no me llevó con ella.

Las manos de Margarita tomaron las mías. ¡Estaba bien! No la había perdido.

- Pero ¿cómo es posible? Margarita, ¿cómo es posible?

El sacerdote salió de la cocina, malherido pero vivo también.

- No sabemos qué sucedió hijo. Pero ambos están bien. Vámonos cuanto antes, allá hablaremos con algunas personas que nos recibirán y hablarán sobre esto con nosotros. Ellos saben más del tema, aún no sabemos si fue definitivo o si volverá.

- ¿Y Hernan?

Pregunté como si me interesara en verdad lo que habían sucedido con él.

- No lo sé hijo. Cuando Margarita bajó esta mañana y me ayudó a reponerme, él ya no estaba en la casa. No sabemos qué fue de él. Pero vamos, no nos entretengamos más, debemos irnos ya.

La luz del sol lastimó nuestros ojos cuando salimos. El auto seguía frente a la casa. Nos subimos y comencé a conducir. Las personas nos veían alejarnos desde sus puertas y guardaban entre sus casas las piedras que los habían protegido toda la noche. Cobardes pensé.

Solo para estar seguros, pasamos frente al cementerio. La tumba de aquella bruja permanecía cerrada. Nada había salido de ella. Al menos no aún…


Autor:

Autor Geo D'Incau

Geo D’incau @Yosh_G

Escritor de cuentos por vocación, médico como plan B. Autor de: -24 noches -Árbol de plumas -La Casa con el corazón roto. y -Fue ella.


Este artículo se publicó originalmente el 19 Jun, 2020 - 00:10:12

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