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El Sombrerón por Francisco Barnoya

Francisco Barnoya relata en su versión de El Sombrerón (1961) la historia de cómo una hermosa jóven de la Antigua Ciudad de Santiago de los Caballeros es hechizada por el mítico personaje de las leyendas guatemaltecas.

 

 


El Sombrerón por Francisco Barnoya

Publicado el 29 Oct, 2017 - 23:51:11 - Ultima actualización: 08 Nov, 2017 - 01:33:39

El Sombrerón o Duende es otra de las personificaciones del Cachudo. Mide medio metro d'ialto. Usa un sombrero que no está en proporción con su estatura, al cual debe su nombre; y calza zapatos con tacón cubano, con los cuales hace un ruidito que es el que atrae a sus víctimas. Es muy buen jinete, pero, como es tan chico, monta a las yeguas en la nuca, y en los crines les hace, con sus mesmas manos, estribitos, que yo mesmo se las he vide a las yeguas después de que las ha montado. Es seductor y enamorado empedernido. Entra en las piezas sin abrir las puertas y li'adivina a uno el pensamiento...

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Hace de esto muchos años...! ¡Quién sabe cuántos...! Sólo sé que Guatemala aún llamábase Santiago de los Caballeros de Goathemala...!

Cansado de recorrer en su brioso y negro corcel las Lomas de Aguacapa, situadas en las tierras de Guazacapán, y en el mismo sitio en el que las aguas de María Linda se unen con las del que presta su nombre a las Lomas, El Sombrerón decidió regresar a la capital, sitio en donde tiene el principal escenario de sus muchas fechorías. Como acostumbra hacerlo, hizo el viaje de noche; y la misma en que lo inició, por el hecho de no haber distancias para él, realizó su entrada al lugar en que había decidido ponerle término.

Cuento de El Sombreron (Barnoya, Guatemala)

Las once de la noche serían cuando hizo su entrada triunfal por el camino del Guarda del Golfo, decidiendo detenerse por unos instantes en el mismo sitio en el que se halla situada la Ceiba que está frente a La Parroquia Vieja. Su objeto no era que la cabalgadura, como cualquiera pudiera pensarlo, sino limpiar el polvo del camino que había ensuciado el charol de sus zapatos. Empeñado en esta poco elegante ocupación se encontraba, cuando, al volver la vista hacia el lado izquierdo de la calle, sus ojos tropezaron con una casucha vieja, cuya portada iluminaba la luz mortecina de una candela de sebo que agonizaba dentro de un farol envuelto en "papel de China" colorado. No fueron la casucha y el farol quienes llamaron la atención de nuestro viajero, sino que la luz de unos ojos que, cual luciérnagas perdidas de la noche, brillaban tras la reja del balcón  de la casucha. Esos dos bellos ojos eran de Mauelita, la hoja mayor de Candelaria, una pobre viuda que hacía los oficios de lavandera del barrio, y que junto con su madre habitaba en ese mísero lugar.



El Sombrerón, que siempre ha sido galante, enamorado y seductor empedernido, al no más ver aquellos ojos se enamoró de ellos y decidió hacer suya a su dueña. Inmediatamente concibió su plan y lo puso en práctica. Con ritmo dulce y cadencioso, como sólo él sabe hacerlo, taconeó varias veces hasta que la música embrujada de su taconeo llegó a los oídos de la virgen criolla, que tembló arrobada. Manuelita, que conocía las malas artes del Sombrerón, tembló de solo pensar que había sido elegida por él como su nueva víctima. Mas, como mujer que era, le agradó sentirse galanteada y admirada, sobre todo por un ser sobrenatural como es El Sombrerón...!

Manuelita piensa en El Sombreron

¡Aquella noche Manuelita, dicen las malas lenguas, no durmió muy bien que digamos...!

* * *

Uno tras otro, en lenta sucesión, han ido pasando los meses desde que aquella noche en que El Sombrerón se detuvo frente a la pobre casucha  que esta situada cerca de la Ceiba de La Parroquia Vieja...


La Ermita del Carmen

Son las siete de la mañana y nos encontramos en la casa conventual de la Ermita del Carmen, situada sobre el cerrito del mismo nombre y que fue fundada allá por los años de 1620, por el ermitaño -genovés- Juan Corz. El señor cura, el padre Miguel, quítase ayudado por en monaguillo, los ornamentos con los que ha celebrado el sacrificio de la Misa. Un gallo, clarín mañanero, canta. Hasta la sacristía, lugar de la escena, llega un suave aroma de chocolate hervido en batidor de barro...El datilero del patio conventual, ese mismo que vemos hoy día y que ha sido testigo mudo de toda la historia de Santiago de los Caballeros, abanica los murallones de La Ermita, que esa mañana deben sentir también el calor de este día estival... Hay una calma, calma que sólo reina en los conventos, que de pronto es turbada por un recio aldabonazo dado en la puerta, cuyo ruido llega hasta la propia sacristía.

Sombreron en la Ermita del Carmen

-¿Quién llama?- pregunta la litúrgica y gangosa voz del padre Miguel.

-Ave maría purísima... (Sin pecado concebida, responden a coro cura y monaguillo). Soy yo, padrecito, Candelaria, la lavandera del barrio de La Parroquia Vieja, que desea le escuche dos palabras... Muy buenos días le dé Dios a su merced...

-Entra, hija, entra... ¿Qué es lo que te pasa?

-Padrecito Miguel -gimotea la mujer, que se postra de hinojos y le besa la sotana y los ornamentos- si no fuera que usté es tan santo no me habria atrevido a llegar hasta aquí. Solo vuestra merced puede salvar a Manuelita, m'hija mayor. Usté la conoce. Es la misma que cristianó hace veinte años.

-¿Qué le pasa a Manuelita, hija, cuenta, qué le pasa?

-¡Ah, señor cura!, El Sombrerón me la tiene chiflada. Ya no es la mesma de antes. Por las noches obscuras, cuando oye el ruido de los taconcitos del Sombrerón, sale al patio y se esta horas d'ihoras platicando con él bajo la higuera, hasta bien entrada la noche. Ya ni trabaja, padre. Está tan flaca y pálida como si tuviera el paludis. Sálvela, padrecito, que tengo miedo de que llegue a dar un mal paso y sea yo abuela de un hijo del cachudo...

-Bien, hija, bien. Yo la salvaré. Tráela mañana de alba, y sin que nadie se entere, al convento; le echaré los exorcismos, le leeré los evangelios, el de San Marcos principalmente, y quedará como si nada le hubiera pasado. Pero como nuestro Señor dijo: "Ayúdate que yo te ayudaré", sigue este consejo: cambiate de casa y vete a vivir a un lugar opuesto al en que ahora vives. Al Guarda Viejo, por ejemplo. Si te vas allí yo mismo te recomendaré a fray Jenaro, para que te ayude en algo. Pero eso sí, cuando te cambies, no digas nada a nadie; llévate tus cosas poco a poco; hoy un mueble mañana el otro; y así, hasta que te hayas llevado todo; y ahora, vete con Dios, y hasta mañana. In Nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. Amén.

* * *

Candelaria siguió al pié de la letra el consejo del señor cura, tras los exorcismos y la lectura de los evangelios, Manuelita parece que está cambiada; y como ambas se han ido a vivir a una pobre casita del Guarda Viejo, yo no sale por las noches a sentarse bajo la higuera con El Sombrerón, quien parece que ha perdido la pista.

Nos encontramos en la noche del día en que Manuelita y su madre se han llevado a su nueva cas el último trebejo. La obscuridad se ha adueñado del ambiente. Apenas alcanza a verse la llama tenue de una vela de sebo, que, entre la vida y la muerte, se haya en una palmatoria de cobre.

Son la ocho de la noche, la hora de las ánimas, y hay un silencio tan grande que nos sería permitido escuchar el aliento de un agonizante.

-Nana -dice, rompiendo la quietud de la noche, la voz de Manuelita- parece que lo trajimos todo; se me imagina que El Sombrerón ya se olvidó de mí y no se ha dado cuenta de a donde nos cambiamos; pero... (Contando los trebejos), se nos olvido traer la tinajona donde hacemos el fresco de súchiles...

-De veras, m'ihija; pero no te preocupes, mañana la traeremos...

Un nuevo silencio..., después un suave grito..., y luego una voz aguda y meliflua que llega desde la oscuridad del inmenso y anchuroso patio:

-No se preocupen sus mercedes por tan poca cosa, porque esa me la truje yo...

Tras haber escuchado estas palabras, se sintió también un cadencioso y rítmico taconeo, viéndose aparecer de abajo de la tinaja, que medía más o menos un metro, la diminuta figura del Sombrerón, que es galante, enamorado, seductor empedernido y que sabe entrar a las casas sin abrir las puertas...

Autor:
Francisco Barnoya Gálvez

Francisco Barnoya
Han de Estar y Estarán...
Editorial "José de Pineda Ibarra"
Ministerio de Educación Pública
Guatemala, 1961


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